jueves, 21 de octubre de 2021

Las crónicas vampíricas (Anne Rice)


Las crónicas vampíricas son un conjunto de 13 novelas fantásticas escritas por la estadounidense Anne Rice. Las novelas, que difieren en calidad y duración, relatan la ''vida'', aventuras y desventuras de un reducido grupo de vampiros reunidos en torno a Lestat de Lioncourt, un joven noble francés vampirizado en 1780 por el ex alquimista Magnus. Las historias se desarrollan en periodos históricos que van desde la Antigüedad hasta los inicios del siglo XXI, y en lugares del mundo que comprenden, entre otros, el antiguo Egipto, la Roma de los césares, la Venecia renacentista y, finalizando el siglo XX, Nueva Orleans, Estados Unidos. Varias novelas de la serie se pueden leer de manera independiente, aunque básicamente se trata de historias continuadas.
Las novelas son: Entrevista con el vampiro (1976), Lestat el vampiro (1985), La reina de los condenados (1988), El ladrón de cuerpos (1992), Memnoch el diablo (1995), Pandora (1998), Armand el vampiro (1998), Vittorio el vampiro (1999), Merrick (2000), Sangre y oro (2001), El santuario (2002), Cántico de sangre (2003), El príncipe Lestat (2014), El príncipe Lestat y los reinos de la Atlántida (2016) y La comunidad de la sangre (2018).
Antes de entrar de lleno en el tema debo dejar algo en claro: Hubo una época de mi vida en la que adoré a los vampiros. O más bien a cierto tipo de vampiros, ciertas versiones del mito. Esa fue en mi etapa gótica, hoy estoy en otra muy diferente; mis gustos, ideas y filosofía de vida actual no dejan espacio para hermosas pero anacrónicas sanguijuelas de aspecto humano. Creo fuera de toda duda que los vampiros, como las sirenas y los dragones, son criaturas obsoletas. En este mundo de computadoras, robots, comida sintética, biotecnología, cámaras de vigilancia y noches artificialmente sobre iluminadas, ¿qué lugar resta para seres que moran en la oscuridad y el anonimato sobreviviendo a base de la muerte? Así que mi apreciación de la literatura vampírica moderna está determinada tanto por mi propia visión de estos seres como por la calidad literaria del material existente. 
Ahora pasemos al tema.

Cuando a finales de los 90 vi por primera vez la espléndida película Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994), me enamoré perdidamente de Lestat y deseé leer la novela homónima. No pude hacerlo en ese entonces pues el precio del libro era demasiado alto para mi presupuesto. Durante años tuve que conformarme con el Lestat cinematográfico, tan soberbiamente interpretado por Tom Cruise. Amé a ese Lestat de un modo apasionado, aun cuando mi auténtico amor vampiro es y será el incomparable Spike, alias Willian The Bloody.
El éxito de la película fue enorme y trajo consigo el relanzamiento de la novela y sus secuelas, así como la publicación de más entregas de la serie. La última apareció en 2018. Alrededor de estas novelas se formó un auténtico culto que reúne a los más diversos tipos de fanáticos de los vampiros: Góticos auténticos y de supermercado, adolescentes bobalicones, seguidores de la literatura fantástica, e incluso pervertidos sexuales.
Casi veinte años después de ver la película Entrevista con el vampiro me hice con la serie completa gracias a esa maravilla llamada PDF. Tardé poco tiempo en descargarla pero bastante en comenzar a leerla, pues gracias a la Red tuve acceso a muchas lecturas que durante años había anhelado de manera apremiante, y estas ocuparon bastante de mi tiempo. Comencé a leer Las crónicas vampíricas recién a inicios del 2019… Fue un error esperar tanto tiempo. Debí leerlas cuando aún tenía un interés más que literario en los vampiros. Debí leerlas cuando todavía era lo bastante joven como para considerar fascinantes a esos monstruos...

De Las crónicas vampíricas se ha escrito bastante; la Red está saturada de información sobre el contenido de cada novela y sus personajes, todo ello acompañado siempre de comentarios halagüeños. No tengo intención de repetir esos datos y comentarios. Lo que pretendo es marcar los puntos negativos de una serie a ratos impresionante, a ratos insoportable. Lo haré exponiendo los logros y fallas de cada novela de la serie, exceptuando las dos últimas, que no he leído ni deseo leer.
 
Orígenes de Las crónicas vampíricas
Los primeros libros de la serie -Entrevista con el vampiro, Lestat el vampiro y La reina de los condenados- forman una trilogía perfecta, pues hay una continuidad lógica entre ellos. Son los mejores números de Las crónicas vampíricas; sus historias, personajes e ideas son fascinantes y originales. Si debe leerse algo de Anne Rice, recomiendo estas tres novelas sin ninguna duda.
No obstante, en estas primeras novelas la escritora ya introduce un elemento que repetirá de modo insistente en cada una de las secuelas, al punto de acabar convirtiéndolo casi en el tema principal de la serie. Este elemento es una fuerte visión cristiano-católica del mundo, trasunto de las ideas religiosas de la propia escritora, que marca la existencia de casi todos los personajes. A ratos Las crónicas vampíricas parecen las historias de unos chupasangres obsesionados con Dios, la culpa y el cielo, y a los que sólo les falta el rosario y la hostia para ir repartiendo latines. El concepto sólo desaparece en El príncipe Lestat.
La muerte de su hija Michelle a los cinco años producto de la leucemia, sumió a Rice en un profundo trauma que derivó en una crisis espiritual de fuerte carácter religioso. Católica devota, Rice no pudo dejar de creer en el dios del Vaticano, pero su resentimiento hacia Él la llevó a iniciar un largo periodo de búsqueda de respuestas a las viejas interrogantes sobre el sentido de la vida, el sufrimiento y la muerte, y la explicación a la dualidad Dios-Satanás y Materia-Espíritu, así como al origen del mundo y el destino final de las almas. Todas estas dudas, en sus diversos grados de reflexión y con sus posibles respuestas o silencios, fueron plasmadas en Las crónicas vampíricas

Fallas de la serie
Varias novelas de la serie contienen larguísimos diálogos donde las vampiros se cuestionan su lugar en el plan divino, pues en el universo de Las crónicas vampíricas todos creen en algún tipo de deidad, y la mitad de los creyentes son católicos casi convencidos de la realidad de su fe. Así lo demuestra la costumbre, casi sagrada para los vampiros principales, de hacer de ángeles justicieros intentando beber sólo sangre de gente malvada que parece aguardar por ese justo castigo. Esto último sucede porque los personajes se mueven en un mundo casi exclusivamente católico aunque salpicado de cultos salvajes de origen africano. Así pasa en el entorno personal del inglés David Talbot, que parece desconocer la existencia de la iglesia anglicana pero es miembro de un culto brasileño; o en el de la bruja mestiza Merrick, obsesionada con su partida de bautismo y asidua de la misa dominical, a la vez que usa el cráneo de su propia hermana en grotescos rituales mágicos.
Pronto se llega a la conclusión de que Anne Rice aprovechó la popularidad del vampiro para vender sus propias dudas, interrogantes y conclusiones sobre Dios y el mundo, y en el proceso deformó y degradó el mito, por otra parte ya bastante degradado. Porque un vampiro que sólo mata al malvado, no tiene vida sexual y dedica largo tiempo de su dilatada existencia a cuestiones teológicas, es simplemente decepcionante.
Sin duda ese catolicismo exagerado que resuma toda la serie es el punto más negativo de Las crónicas vampíricas. Rice ni siquiera menciona las otras grandes religiones del mundo, aun cuando entre sus vampiros se cuentan árabes e indios.
Pero a distinto nivel existen otros muchos puntos negativos que no puedo dejar de mencionar.
El primero está en la forma demasiado estereotipadamente femenina de la narrativa. Se sabe de inmediato que el escritor es una mujer, pues muchos diálogos, frases o actos de los personajes masculinos tienen un notorio aire afeminado -en el sentido sensiblero y negativo de feminidad- que les resta credibilidad.
En la narración misma, el punto negativo más obvio es un exceso de detalles a ratos abrumador. Rice describe minuciosamente personas y ropa; el estilo, corte, colorido y calidad textil de la vestimenta de los personajes ocupa demasiadas líneas.
También hay un exceso de escenas prescindibles; la escritora parece decidida a relatar cada detalle de ciertos momentos de la existencia de sus personajes, por predecibles o superfluos que sean, dejando fuera de escena otros más interesantes.
En las historias mismas debo mencionar lo poco creíble de algunas situaciones. No me refiero a la parte fantástica de la serie; ahí Rice brilla al conseguir crear sin mayor dificultad el ambiente adecuado para convencer al lector de lo verosímil de situaciones imposibles. Rice falla en la parte contraria, en recrear acontecimientos donde intervienen seres humanos. Los humanos no encajan bien en el universo de Las crónicas vampíricas. Debieran ser el elemento normal de la serie, el opuesto del vampiro; sin embargo no lo son, ya que sus vidas están llenas de situaciones extremas y extrañas que no convencen precisamente por su exageración.
Un detalle que no deja de llamar mi atención es la descarada exhibición de riqueza del 90% de los personajes. Vampiros y humanos por igual poseen el capital más que suficiente para no tener que trabajar por necesidad ni un solo día de sus vidas, e incluso les sobra para mantener como un príncipe -o princesa- al bonito parásito que les plazca. Curiosamente todos estos billonarios poseen sensibilidad artística y casi del mismo tipo; adoran la pintura, en especial la renacentista, y la música clásica. De música moderna parecen conocer sólo el rock estadounidense de los 80... Me pregunto qué pensaría Lestat de un álbum tipo Low de David Bowie, o Vienna de Ultravox...
Estos ricachones aficionados al arte desconocen o ignoran la ciencia y no comprenden la tecnología. Lestat puede saber mucho sobre camisas de seda con volantes, pero es incapaz de manejar un teléfono móvil y desconoce la jerga médica básica. Esto porque el 95% de los vampiros fueron convertidos en tales por su belleza física, no por sus dotes intelectuales. El propio Lestat es el último de casi un centenar de jóvenes rubios y apuestos secuestrados y cruelmente asesinados por Magnus, que buscaba un heredero con un aspecto hermoso determinado.
También falta una verdadera razón para la existencia y propagación del vampirismo. Rice intentó terminar la serie con un discurso ambiguo acerca del sinsentido y horror de la vida humana, frágil y condenada a perecer. Su conclusión es simple: Hay que huir de la horrorosa muerte al precio que sea. Tal conclusión es tan deprimente como equivocada, pues pasa por alto la incontrovertible verdad de que la muerte y la conciencia de la misma es lo que ha llevado tan lejos a la humanidad, expandiéndola por la tierra y elevándola hasta los cielos en una lucha continua contra la muerte total a través de la creación colectiva e individual. Rice se niega a comprender que una raza de vida demasiado extensa se estancaría y degeneraría rápidamente por carecer del principal incentivo para toda creación no esencial, es decir la apremiante necesidad de justificar o valorizar la existencia a través de esa creación. Y una raza que no creara acabaría en la extinción por inercia mental. 
Lamentablemente Rice se preocupa en exceso del individuo, ignorando la especie como un todo. Por lo mismo sus vampiros pueden ser encantadores como personas pero como raza no son nada; la historia de su especie no puede competir con la enorme diversidad y maravilla de la historia humana. Y como su condición de casi inmortales les priva de la inventiva, todo cuanto poseen, material y espiritual, es fruto de la humanidad; no existen verdaderos filósofos, escritores ni guerreros vampiros. Destacan en el arte, pero en ellos no hay genialidad, imitan el genio humano, hijo del ansia de vivir a través de la obra.
Debo aclarar que, en conjunto, la serie también tiene muchos logros que no se pueden pasar por alto. Estos son:
Está bien escrita, con un lenguaje sencillo pero no vulgar que la hace fácil de leer para casi cualquier lector. 
Algunas de sus historias -principalmente las contenidas en los tres primeros libros- son cautivantes y se leen con autentico deleite.
Contiene momentos que erizan la piel, pues Rice posee una admirable capacidad para crear secuencias fascinantes o espeluznantes.
Algunas de sus novelas entregan sencillas pero amenas clases de historia universal. Amo la Historia y me complace saber que a través de estas novelas parte de ella llegará a conocimiento de personas que jamás abrirán un libro para saber sobre Roma Antigua, Constantinopla y el Renacimiento.

Ahora expondré lo negativo de la serie novela a novela, incluyendo una brevísima sinopsis y destacando lo bueno de cada una.

Entrevista con el vampiro: En esta novela inicial el vampiro Louis relata su historia al joven periodista Daniel Molloy. La novela es muy popular y las únicas críticas negativas que puedo hacerle se relacionan principalmente con la historia de Claudia, la niña vampiro creada por Louis y Lestat. Claudia tiene aproximadamente 6 años al momento de su transformación y por el resto de su vida permanece con el aspecto de esa edad, convirtiéndose en una mujer aprisionada en un cuerpo infantil. Esto vuelve más que incómoda su relación con Louis. Respecto a Claudia, Louis se muestra a sí mismo como una especie de pedófilo al que puede excusarse por ser un vampiro impotente y cristiano, lo que no  hace menos desagradable las descripciones de los muchos y nada castos besos y toqueteos que prodiga a Claudia, así como sus patéticas y al final hipócritas declaraciones de amor a la misma. Patéticas por su incapacidad para manejar la situación, e hipócritas porque a despecho de su tan cacareado y llorado amor, tras la muerte de Claudia no duda mucho en asociarse con Armand, líder de los vampiros que asesinan a su amada y el personaje menos definido de toda la serie.
La relación de Louis y Armand sirve para presentar la idea más absurda de la serie: Vampiros asexuales. Los fans de los vampiros como símbolos de la lujuria se llevarán una desilusión al leer estas novelas. Los vampiros de Rice se besan, abrazan, acarician, manosean y miran con pasión; se hacen juramentos de amor e intercambian frasecitas cursis, pero nunca mantienen relaciones sexuales en el sentido correcto de la palabra porque la mayoría son impotentes o genitalmente insensibles. Lo único que un vampiro macho introduce en sus amantes es su lengua, dedos y colmillos. Louis y Armand deben ser vistos como una pareja de amantes sólo porque ellos insisten en llamar así a su unión, pero en la práctica no lo son. Un gran punto en contra de estos hermosos vampiros.
En cuanto a lo positivo, Entrevista con el vampiro posee muchos grandes momentos. Uno de los mejores es el del asesinato de Lestat y su posterior regreso en compañía de un joven músico vampirizado. Anne Rice es admirable en sus escenas de violencia, mucho mejor que en las más relajadas, donde puede llegar a ser bastante agotadora. Debo destacar el homenaje al vampiro clásico en el relato del encuentro de Louis y Claudia con un extraño y horroroso chupasangre de la Europa Oriental. Es un episodio que los admiradores del viejo vampiro europeo agradecemos con toda sinceridad.

Lestat el vampiro
: La segunda novela amplía la historia narrada en la primera, explicando desde el punto de vista de Lestat mucho de lo que en Entrevista con el vampiro Louis sólo esboza o malinterpreta. Lestat relata sus orígenes como un noble provinciano, su fuga de casa para convertirse en actor y las circunstancias de su transformación a manos de Magnus. Se presentan nuevas situaciones y personajes, y ahí comienzan las fallas de la novela. Empeñada en narrar hasta el más mínimo gesto de sus personajes, Rice estira las situaciones hasta el límite, convirtiendo momentos fascinantes en insoportables. Los pasajes correspondientes a la locura del amigo-amante de Lestat y los de la conversión y primeras cacerías de Gabrielle, son agotadores. Para colmo cada vampiro que se cruza en el camino de Lestat le relata su historia con abundantes diálogos y detalles. La novela es cautivante en su historia pero pesada en su estructura.
Lo mejor vuelven a ser ciertos pasajes precisos que dejan sin habla. Definitivamente Rice es tan exasperante como fascinante. Podría mencionar la visita de Lestat a los vampiros autodenominados Hijos de Satán en el Cementerio de Los Inocentes, un cuadro macabro digno de Goya. O el origen del Teatro de los Vampiros, historia bastante irónica. También algunas partes del relato de Marius…
La novela acaba con un final abierto, dejando el escenario listo para la siguiente de la serie.

La reina de los condenados
: Akasha, la madre de todos los vampiros, se levanta de su largo sueño con la intención de convertir a Lestat en su consorte y de paso destruir a toda la población humana masculina. Se revela el origen de los vampiros y se presenta a La Talamasca, una misteriosa sociedad de estudiosos de lo paranormal.
Esta es mi novela favorita de la serie y la única a la que no le encuentro tantos defectos. Me encanta la historia y la forma como está escrita, en especial la primera parte, donde un narrador omnisciente -recurso casi inexistente en el resto de la serie- relata varias historias que acaban por convergir en cierto momento de 1985. La mayoría de esas historias son envolventes, especialmente la de Khayman y la de Jesse, sin embargo su desenlace, con prácticamente todos los personajes humanos y vampiros asistiendo al concierto de Lestat y participando de una u otra forma en los acontecimientos, es apoteósico. Rice no ha vuelto escribir una secuencia tan espectacular como esa. Es sinceramente impresionante.
La segunda parte presenta al selecto grupo de vampiros que se reúne para intentar detener a Akasha. En la reunión se relata el origen del vampiro y su vínculo con las brujas gemelas Maharet y Mekare, cuya cautivante y dolorosa historia es la más triste y emotiva de toda la serie. Por contraste, la historia del consorcio Akasha-Lestat es completamente insípida y aburrida, pues Lestat no hace nada destacado tras ser llevado por Akasha, limitándose al rol de comparsa.
Los capítulos dedicados a la parejita son los más soporíferos de la novela, y sin embargo no son lo peor de ella, ese lugar se lo lleva el desenlace de todo el asunto. Porque la reunión de vampiros en casa de Maharet no conduce a nada. Todos intentan razonar con la necia akasha, así que no hay enfrentamiento físico o mágico entre esta y sus hijos; nadie es destruido o al menos herido. Ignoro la razón final de reunirlos para una batalla verbal, aunque presumo que Rice deseaba presentar a los personajes que serían recurrentes en la serie. Aun así debió incluir un poco de lucha y matar por lo menos a uno en lugar de colocarlos a todos de espectadores quietos del duelo entre Akasha y Mekare. Daniel y Santino hubieran sido unas víctimas excelentes y nadie los extrañaría; el primero jamás ha sido un personaje destacado y el segundo no es muy apreciado. Lamentablemente en Las crónicas vampíricas nunca mueren personajes importantes, e incluso Rice juega con el concepto matando a alguno al final de una novela para resucitarlo al comenzar la próxima.
Pese a estas fallas, sigo considerándola como la mejor novela de la serie.

El ladrón de cuerpos
: La primera de las novelas oportunistas escritas para aprovechar el éxito de las anteriores pero sin lograr su calidad argumental ni literaria. No es un relato sobre vampiros sino la aburrida historia de las desventuras de Lestat tras intercambiar de cuerpo con un humano. Los sucesos son demasiado predecibles. El lector sabe que Lestat realizará el cambio de cuerpo y será engañado; sabe que no podrá manejar ese cuerpo ni interactuar normalmente con otros humanos; sabe que la monja a la que desvirga no cree una palabra de cuanto él dice; sabe quién terminará habitando ese cuerpo… Lo único original es la locura mística de la monja desvirgada y algunas situaciones tragicómicas resultantes del cambio de cuerpos, como aquella de Lestat delirando en una cama de hospital por causa de un resfriado.
La novela no incluye mordeduras ni tragos de sangre excepto en las últimas páginas, donde Lestat muestra su naturaleza malvada al vampirizar por la fuerza a su amigo, el erudito inglés David Talbot, acto aborrecible que es el equivalente vampírico de una violación sexual.
No hay personajes secundarios a excepción de David Talbot; el Ladrón de cuerpos y la monja son relevantes pero tienen apariciones muy breves, y el propio David desaparece durante varios capítulos. Lestat dedica una buena parte de la novela a intentar convencer al lector de cuan irresistible es David y de lo mucho que lo desea -expresión que en lenguaje vampírico significa que ansía beber su sangre-, pero no lo consigue. David tiene 74 años y es un bisexual peludo con preferencia por los jovencitos de ascendencia negra. Hay cierto incómodo tufillo pedófilo en este personaje. Por cierto, sería interesante que los personajes masculinos de la serie explicaran como concilian su empecinado catolicismo con sus costumbres sexuales, puesto que la mayoría son bisexuales desde antes de convertirse en vampiros y no parecen cuestionarse el tema. 

Memnoch el diablo
: Esta novela es incluso peor que la anterior. Ni siquiera es una auténtica novela sino un extraño relato donde un ser que asegura ser el Diablo lleva a Lestat a un viaje a través del tiempo y el espacio para asistir, entre otros acontecimientos, a la creación y evolución del universo, el desarrollo de la humanidad, el nacimiento del alma, y la rebelión de Satán. Lestat incluso visita el cielo y el infierno, y regresa a la tierra con el velo de Verónica.
Anne Rice sigue creyendo en la versión católica de Dios, pero no en su amor. La escritora insiste en encontrar una razón al sufrimiento y la muerte, y una lógica a la creencia en el cielo y el infierno. Incluso da un interesante origen al alma. Vislumbro un velado espiritualismo materialista en las ideas religiosas de Rice. Es claro que se encuentra dividida entre un catolicismo recalcitrante y las ideas adquiridas en sus investigaciones espirituales, que expone de una forma bastante fácil de seguir aunque no consigue tocar la sensibilidad espiritual del lector. Sus descripciones del cielo y el infierno, basadas en tradiciones culturales obsoletas, son pueriles, infantiles y casi ridículas; no pueden seducir ni asustar porque no son creíbles en ninguna forma. La historia del velo de Verónica es una soberana estupidez que los mismos católicos reconocen como una alegoría.
Para hacer aún más absurdo todo, la breve historia que enmarca el asunto es de lo más cursi y falsa. Lestat acecha a un peligroso delincuente de cuya sangre desea alimentarse. El delincuente es un espécimen de lo peor, pero tiene por hija a Dora, una guapa tele evangelista que pretende realizar una reforma definitiva en el mundo cristiano. Por supuesto, Dora se obliga a ignorar que las mujeres no tienen lugar en las grandes reformas religiosas. Lestat ronda a la chica como perro en celo, pues de tanto acechar al padre acaba enamorado de la hija. Dora no desea saber nada de su malvado padre, pero no le avergüenza aceptar su dinero mal obtenido.
Lestat devora al delincuente y recibe la visita de su fantasma, que le cuenta su patética historia. Y, como era de esperar, Lestat acaba enamorado de él y aunque había jurado y rejurado que no lo haría, se presenta ante la beatita, que vive casi como una monja millonaria. Luego el viaje con Memnoch y a su regreso el asqueroso momento cuando Lestat se arrodilla ante Dora y succiona su menstruación. Con eso Anne Rice rebasa el límite del mal gusto y la vulgaridad. ¡Rice, eres una cerda! Por cierto que la beatita recibe a Lestat con los brazos abiertos y lo llama amor. ¡Con qué facilidad se enamoran las personas en el universo de Rice! Lo entiendo de los vampiros, que emocionalmente funcionan de otra forma, pero no de los humanos.
Sigue el único gran momento de la novela, la tentativa de suicidio de Armand, cuya breve aparición responde a un fallido intento de Rice de exponer un poco más el carácter y los sentimientos del único personaje de la serie cuya historia no sigue una línea lógica. Armand vive muchas historias que no encajan entre sí.
Tal vez el peor libro de toda la serie, aunque como de costumbre Rice regala algunos momentos sublimes, que aquí serían unas cuantas imágenes del infierno y la de Armand elevándose al sol en una insensata intentona de matarse para demostrar la grandeza de Dios, acto que luego es repetido por varios vampiros en las afueras del templo que exhibe el velo de Verónica.

Pandora: La autobiografía de la vampiresa Pandora, escrita para David Talbot. Relata su amor por Marius Romanus, su transformación en manos de éste y los largos años de su convivencia, todo ello sobre el fondo de la decadencia de Roma y el nacimiento y ascenso del cristianismo, que origina a los Hijos de Satán.
La historia es plana y sencilla, no aporta nada nuevo a la serie e incluso deja fuera la parte más intrigante y fascinante de la biografía de Pandora, su conversión en una figura legendaria adorada como una diosa por otros vampiros. Tampoco explica su unión con Santino durante los sucesos culminantes de La reina de los condenados. Una novela débil y fácilmente olvidable.

Armand el vampiro: La autobiografía del impreciso vampiro Armand, relatada a David Talbot, es la novela más insufrible de la serie. Si Memnoch el Diablo es mala por ser una especie de alucinógeno ensayo metafísico y no una novela de vampiros, esta es insoportable por su innegable parecido con un fanfiction escrito por un adolescente pervertido. Quienes han leído ese tipo de material saben de qué hablo: Historias donde los personajes son secuestrados, torturados y violados, y todo ese horror se acepta como algo normal; historias donde todos los hombres hablan, se mueven y viven como habitantes de un universo marica -marica, no homosexual- y las mujeres son tan bellas como escasas. Así es esta novela que hará las delicias de cientos de adolescentes cultural y emocionalmente degradados.
Armand comienza relatando sus orígenes como pintor de iconos ruso y su rapto y posterior venta a un burdel masculino de Venecia. Esta parte de la novela encanta a muchos tarados emocionales, esa gentecilla convencida de que el máximo sueño erótico de todo ser humano es ser violado. 
Luego viene la parte más sonrojante de la serie, la historia de Marius y Armand. Lo que pudo ser un bello relato de amor homosexual se convierte en una historia llena de clichés fanfic. Hay discusiones amorosas, sexo incompleto -recuérdese que estos vampiros no practican la penetración-, peleas con frasecitas feminoides, amenazas, lloriqueos, sadomasoquismo, más frasecitas maricas y más sexo incompleto. Armand olvida rápidamente el horror de haber sido violado y se dedica a prestarle el culo a cualquiera al que pueda pagarle por ello. Bien por él si eso le place, aunque resulta inverosímil que una persona de profunda fe religiosa, y que además fue violada en repetidas ocasiones, actúe con tal desparpajo sexual. Este momento de la historia incluye el episodio marica supremo de la serie, el de Harlech, el conde inglés que se obsesiona con Armand y trata de matarlo por negarse a huir con él. El episodio está lleno de acusaciones mujeriles, joyas de la mariconería como esta:

 ''-Amadeo -dijo, avanzando hacia mí. Su voz resonó por la espaciosa habitación-. ¡Me arrancaste el corazón del pecho cuando aún estaba vivo y respiraba, y te lo llevaste! ¡Esta noche nos reuniremos en el infierno!''

Qué línea tan ridícula; no sé bien si reír o sonrojarme. ¿En qué pensaba Rice cuándo incluyó este tipo de frasecitas? 
Afortunadamente hay un giro en la historia y entonces viene lo bueno. Porque algo bueno debía tener todo este panfleto rosa. Y es el relato del ataque al palacio de Marius perpetrado por los Hijos de Satán a instancias de Santino, su perverso líder. Estas bestias cristianas aterrorizan a la bella Bianca, amada mortal de Marius y Armand, prenden fuego al palacio, queman vivo a Marius, y se llevan a Armand y a los muchachos humanos protegidos por el vampiro romano. La secuencia es espeluznante y le sigue una incluso más intensa, terrorífica y cruel cuando Rice describe con detalle la horrible tortura física y moral a que es sometido Armand para ser convertido en otro fanático Hijo de Satán. El episodio estremece.
Y llega la última parte, la más aburrida e inverosímil de la novela. La historia del rescate del achicharrado Armand luego del vuelo hacia el sol relatado en Memnoch el Diablo. El rescate lo realizan dos jóvenes humanos con una historia tan poco creíble como su vida diaria. Ya expuse que Rice no crea personajes humanos verosímiles. Estos no lo son en ningún sentido: Una joven pianista medio loca que interpreta siempre la misma melodía, y un chico árabe de 12 años que se supone cuida de ella por encargo del hermano mayor de la joven, otro medio loco, aunque en su caso por el fastidio de oír a la hermana tocar lo mismo una y otra vez. En lugar de quitarle el piano y encerrarla, el hermano prefiere molerla a golpes. Todo lo que va desde Armand cayendo del vuelo, hasta la decisión de tomar bajo su protección a sus  salvadores, está lleno de escenas y diálogos superfluos que alargan innecesariamente la historia. El 70% de los sucesos narrados en esta parte podría haberse pasado por alto; sobran demasiados detalles. Por supuesto, el par es vampirizado; Marius y Pandora se encargan de eso sin consultar a Armand, él sólo se limita a aceptarlo después de quejarse un poco. ¿Realmente creyó que podía cuidar de un par de humanos sin que su propia naturaleza interfiriera radicalmente en ellos? Y ahí queda la familia vampírica: Mamá Pandora, papá Marius, tío Armand y los hijos Sybelle y Benjamín.
En conclusión, no hay mucho de interés a excepción del terrorífico episodio de los Hijos de Satán. Rice no consigue definir el carácter de Armand. Tal vez no tiene uno. Quizá sólo se deja llevar por las circunstancias, incluso las más extremas, sin que dejen huella profunda en él. Esto explicaría su aceptación de ideas y sucesos muy diferentes a lo largo de su vida, la mayoría impuestos por otros. Lo único que decide por sí mismo, convertir al prescindible Daniel Molloy, sale mal.

Vittorio el vampiro
: Novela independiente; aunque transcurre en el mismo universo de Lestat y compañía, no trata de nadie cercano a su grupo y el personaje principal ni siquiera es mencionado en las siguientes entregas de la serie.
La que pudo ser una gran novela tributo al vampiro clásico se desinfla sobre sí misma a mitad de todo.
La primera parte es excelente y está llena de grandes momentos e ideas: Vampiros cobrando tributo de sangre a señores y aldeas, el pueblo que encuentra la solución perfecta al exceso de población, el horror del corral, los rituales vampíricos… Rice consigue aquí algunos de sus momentos más terroríficos… Luego lo arruina todo de un modo brusco y absurdo trasladando al protagonista fuera de toda la acción y haciendo aparecer frente a él a dos ángeles de la guarda que le ayudan a destruir a los vampiros malvados. Lamentable en todo sentido, pues el cambio de escenario y la introducción de los ángeles, además de incoherente, se siente forzado y hace decaer el interés que despierta la admirable primera parte.

Merrick: Otra novela de vampiros que no trata de vampiros. David Talbot se reúne con su antigua protegida y amada, la hermosa bruja afroamericana Merrick Mayfair, para solicitarle que invoque al espíritu de Claudia. La invocación se realiza sólo después de que David narra toda la biografía de Merrick, que incluye una madre desaparecida, un viaje arqueológico al estilo Indiana Jones y una máscara mágica. No hay vampiros excepto muy cerca del final, cuando Louis, David y Merrick se reúnen para la invocación. Enseguida los sucesos predecibles: Louis, liberado de su obsesión con Claudia, se enamora locamente de Merrick y la vampiriza; luego se expone al sol y queda hecho barbacoa pero no muere. Lestat lo cura con su sangre y así Louis se vuelve casi indestructible.
Prescindible y hasta desagradable para los reales fans de los vampiros. Es la única novela de la serie que no posee ningún gran momento.

Sangre y oro
: Marius relata su vida al vampiro Thorne, neófito de Maharet. Se amplían hechos conocidos y se aclaran otros que permanecían a oscuras, resultando una novela ágil, agradable y fácil de leer, aunque no aporta mucho a la serie.
Destacan particularmente los detalles agregados al relato del ataque de los Hijos de Satán al palacio veneciano de Marius, suceso ya narrado en Armand el vampiro. Marius cuenta su versión de los hechos, incluyendo su salvación gracias a Bianca, a quien vampiriza y transforma en su amada compañera. La historia de Armand y Bianca me sorprendió bastante. No recuerdo haber leído en la Red nada sobre Bianca; lectores y fans de la serie pasan de largo ante ella a la vez que suspiran por la pareja Marius-Armand. Y sin embargo Marius ama a Bianca más de lo que nunca ama a Pandora y a Armand, y su relación con ella es casi perfecta mientras dura. Con Bianca no existe la lucha de caracteres que con Pandora, ni la seducción de un espíritu debilitado que hay con Armand. Marius ama a Bianca a tal punto que cuando ella decide abandonarlo por su obsesión con Pandora, él llega a suplicarle de rodillas que no lo haga. Marius nunca alcanza esos extremos de humillación con Pandora, cuya sabiduría no logra apreciar, y mucho menos con Armand, al que ama de modo carnal. ¿Por qué entonces la pareja Marius-Bianca es tan poco apreciada? La respuesta es obvia, aunque a muchos no les guste: La homosexualidad sigue en el terreno de lo morboso, y los lectores de este tipo de novelas suelen ser morbosos incapaces de aceptar y comprender una relación amorosa donde la pareja no esté en constante lucha.
No me convencen las razones de Marius para no rescatar a Armand del fanatismo de los Hijos de Satán. Deduzco que se engaña al respecto y que alcanzó tal grado de compenetración espiritual con Bianca que no desea a nadie más en su vida excepto a Pandora.
Se amplía la historia del breve reencuentro de Marius y Pandora. A diferencia de la versión narrada en Pandora, Marius describe a su amada como una histérica aterrorizada que llega a caer en el ridículo. También revela la verdad sobre el vampiro indio que la acompaña.  
Al llegar la novela a los sucesos acaecidos en 1985 narrados en La reina de los condenados, el relato se vuelve más fragmentado y reaparece una vieja interrogante: ¿Por qué cuando Akasha sepulta a Marius bajo su propia casa Pandora acude a rescatarlo en compañía de Santino? El odio de Marius hacia el líder de los Hijos de Satán, destructores de su mundo, es conocido por todos sus cercanos, entonces no se comprende que Pandora se presente con él. Se sabe que en el pasado Santino se enamoró locamente de Pandora y que el rechazo de esta lo llevó a perder su fe y a abandonar a los Hijos de Satán, pero en 1985 se ignora cómo y cuándo se reencontraron y convirtieron en pareja. Este es un dato que la serie nunca explica. En La reina de los condenados, tras el rescate de Marius, Pandora y Santino duermen abrazados en una tumba, lo que da a entender que son una pareja y no compañeros circunstanciales. Sin embargo en las novelas siguientes Pandora está sola y Santino prácticamente desaparece de la serie. En Armand el vampiro se menciona brevemente como a mediados de los 90 Marius y Santino acudieron a recoger los restos de un vampiro que ardió al elevarse al sol imitando a Armand. ¿Por qué precisamente ellos dos? ¿Acaso los envió Maharet con la esperanza de reconciliarlos?  Nunca se sabe ni sabrá, pues Sangre y oro acaba con la muerte de Santino a manos de Thorne. Y como el personaje y su historia nunca fueron desarrollados plenamente, no resucita en la siguiente novela. 
Hay que destacar el fondo histórico. La parte principal del relato se desarrolla a lo largo de periodos históricos de gran importancia para occidente: La división y caída de Roma, el ascenso y consolidación del cristianismo, los años oscuros del Medioevo, y por último el resurgimiento artístico de la Antigüedad por medio del Renacimiento. La Historia está magníficamente sintetizada, explicada y narrada. Qué excelente manera de enseñar historia a gente que jamás ha tratado de saber por qué occidente es como es y no de otra forma. Un gran aplauso para Anne Rice por esos magníficos fondos.
Novela agradable, aunque la repetición de ciertos episodios narrados en otras partes de la serie puede volverla algo cansina. Ni buena ni mala, sólo correcta. Es de lamentar que Rice introduzca nuevos personajes sólo para usarlos como apoyo de su cuarteto de favoritos, Lestat, Marius, Armand y Louis. Thorne pudo ser un personaje interesante pero Rice se niega a darle relevancia, tal como antes hizo con Jesse y Khayman, quienes se esfumaron después de su gran aparición en La reina de los condenados.

El santuario
: Otra de Las crónicas vampíricas escasas de vampirismo. El joven vampiro Tarquin Blackwood acude a Lestat en busca de ayuda contra Goblin, un espíritu que lo acompaña desde siempre pero que se ha vuelto contra él desde su reciente transformación en vampiro. Tarquin relata a Lestat la historia de su vida, fuertemente ligada a Blackwood Manor, una hermosa casona centenaria habitada por humanos, fantasmas y espíritus, y a una familia tan irreal como adinerada y disfuncional. La historia incluye viviendas misteriosas, peleas familiares, viajes por Europa, y una novia con un historial sexual que ya se lo hubiera querido Mesalina.
La primera mitad, con la historia de Rebeca, las peleas entre Papsy y el resto de la familia, el secreto de la casa del pantano, y el misterio de Goblin, es bastante envolvente. De haber acabado todo al finalizar el capítulo 20, El santuario sería una gran novela de fantasmas. Lamentablemente continúa y además es una de Las crónicas vampíricas, así que aun teniendo una historia interesante, dentro de la serie se siente como un libro de relleno. Para colmo cambia de rumbo al entrar en escena Mona Mayfair y su tribu, volviéndose derechamente insoportable.
La familia Blackwood me sorprendió bastante ¿Son los Blackwood tan irreales como las otras figuras humanas diseñadas por Rice o en Estados Unidos existe gente como ellos? Porque la familia Blackwood tiene mucho de lo que los estadounidenses califican como negativo y vulgar en las familias hispanoamericanas. De partida son católicos practicantes; asisten a misa y creen en la confesión. Luego, viven apegados los unos a los otros, unidos por los lazos de la sangre más que por los afectivos. Véase el caso de Patsy, una verdadera escoria de humanidad que amenaza a su padre con un cuchillo, vende las joyas de su madre, se droga, putea y aborta muchas veces, y aun así se le permite vivir en Blackwood Manor a expensas de la familia e incluso se le da dinero. Tarquin, que acaba siendo el señor de la casa, es hijo bastardo de Patsy, que lo parió a los 16 años; él tiene su propio bastardo a los 18 como resultado de un único encuentro sexual con Jasmine, el ama de llaves de la familia, una mujer con edad suficiente para ser su madre y que de hecho lo cargó en brazos siendo bebé; después aparece un bastardo del abuelo concebido por una putilla perteneciente a la llamada ''basura blanca''. Y todos ellos -incluida la putilla y sus otros seis hijos sin padre-  son recibidos en Blackwood Manor con los brazos y bolsillos abiertos. ¿Realmente los americanos hacen eso, meter a cualquiera en sus casas sólo porque comparten algunos genes? Sé que lo hacen las clases bajas de todo el mundo, pero no imaginé que fuera practicado también por las grandes familias estadounidenses. Si esto es real, entonces El santuario sería también una novela costumbrista americana. Curioso.
Vampiros hay pero no participan hasta muy cerca del final. Sabemos que el misterioso habitante de la casa junto al pantano es un vampiro, pero antes de presentarlo debidamente Rice nos obliga a digerir toda la historia de Blackwood Manor y sus habitantes humanos y fantasmales, y parte de la de Mona. Luego aparecen los vampiros y son desilusionantes. Y por último, ya como cierre, se narra la autoinmolación de Merrick Mayfair tras acudir a liberar a Tarquin de Goblin por medio de un exorcismo. Rice nos hace leer toda la somnífera novela Merrick para luego hacer morir a la hechicera sin motivo aparente.
Hay muchos grandes momentos a lo largo de toda la novela, pero como ninguno tiene relación con vampiros, paso de ellos. En conclusión, una novela totalmente prescindible. Excepto por la muerte de Merrick, no aporta ni afecta en nada a la historia general de la serie.

Cántico de sangre
: Continuación de El santuario. Los vampiros Tarquin Blackwood, Mona Mayfair y Lestat van en busca de los  Taltos, una raza paralela a la humanidad cuyos últimos descendientes están vinculados por sangre a los Mayfair, poderosa y extensa familia de hechiceros. Blackwood Manor funciona como escenario muy secundario y sus habitantes pierden protagonismo frente a los Mayfair. Hay bastante vampirismo pero los Taltos son el tema central, pues otra vez Rice crea y desarrolla una historia que en otra serie fascinaría y en Las crónicas vampíricas desagrada. En unas crónicas vampíricas no queremos leer sobre cambios de cuerpos, fantasmas o razas ocultas, queremos leer sobre vampiros. VAMPIROS.
Lo peor es la breve resolución de la historia de Patsy. Es bastante ridícula la escena de esa escoria que se eleva al cielo cantando una canción country al son de la guitarra. Si la puta drogadicta de Patsy pudo entrar al cielo después de romper todas las leyes del Decálogo, cualquiera puede. 
Lo mejor es el relato de Rowan Mayfair sobre sus hijos Taltos. ¡Qué gran imaginación tiene Rice! Es sencillamente admirable, aun cuando equivoque la temática de sus novelas.
Merrick, El santuario y Cántico de sangre conforman una trilogía que une el universo de Las crónicas vampíricas con el de la poderosa familia Mayfair, protagonista de otra serie de novelas de Anne Rice de la que no tengo información. Ninguno de los personajes y acontecimientos de estas tres novelas se menciona en la siguiente de la serie, así que podemos considerarlas como obras independientes.

El príncipe Lestat
: Once años después de la publicación de Cántico de sangre, y a casi cuarenta del inicio de la serie, Anne Rice lanza la novela que para mí finalizaría Las crónicas vampíricas
Para tan especial acontecimiento Rice reúne a todos los vampiros que han sobrevivido a lo largo de la serie. Creadores y neófitos separados durante siglos o décadas vuelven a encontrarse; vampiros anónimos aparecidos en un par de páginas se alzan para contar su historia. Todos ellos acaban formando una asamblea para tratar la aparición de una Voz que fuerza a los vampiros de todo el mundo a quemar a sus semejantes más jóvenes. Al mismo tiempo Lestat descubre que un científico vampiro -¡Por fin un vampiro útil!- ha creado una especie de clon suyo, su ''hijo'' Viktor. Parece interesante pero no hay nada original, el esqueleto de la obra es el mismo de La reina de los condenados: Quema de vampiros alrededor del mundo -donde la Voz retoma el papel desempeñado por Akasha-, una asamblea de vampiros -más grande que la de 1985, pero igual de inútil-, aparición de viejos vampiros escondidos por siglos -Alessandra y otros muchos repiten el rol de Khayman-, parientes humanos que son convertidos -Viktor y la sosa Rose en el papel de Jesse- y un desenlace incluso más lento que el de La reina de las condenados.
Evidentemente Rice deseaba cerrar la serie y además dejando en orden todas las historias y situaciones esbozadas. Lo logra a medias, pero repitiéndose incluso en los clichés e insistiendo en destruir lo mejor de su universo en aras de la salvación de su pequeño cuarteto de insoportables favoritos. Quedan ciertas dudas:
¿Por qué se elimina a los fascinantes Maharet, Mekare y Khayman? ¿Cuántas historias suyas nunca serán contadas? ¿Qué hicieron Khayman y Jesse durante los años posteriores a 1985 además de acompañar a las gemelas?
¿Por qué Lestat acepta a Viktor con tanta facilidad? Es realmente insólito: Alguien crea un clon suyo sin su consentimiento y él lo acepta como su hijo sin el menor reparo.
¿Por qué Rosh no recibe ningún castigo por los asesinatos de los maravillosos Khayman y Maharet? Santino muere de forma horrible por menos que eso.
¿Por qué Bianca, Armand y Marius, reunidos después de siglos, no mantienen ningún diálogo?
¿De dónde salió esa multitud de vampiros que exige la guía de Lestat y compañía? ¿Qué les lleva a creer que Lestat tiene alguna responsabilidad ineludible para con ellos?

Un intento de desenlace extraño pero necesario. Hace bastante tiempo que la serie está agotada, pues, como en Alien, ya no hay nada interesante que pueda agregarse a la historia. Rice finaliza todo con un final de cuento de hadas donde la totalidad de los personajes asiste a la conversión de la parejita formada por el clon Viktor y la insoportable Rose, con el beneplácito del príncipe -¿por qué príncipe y no rey?- Lestat. Luego cada uno volverá a su casa para continuar siglo tras siglos haciendo lo mismo, dada la tendencia natural de los vampiros de Rice a echarse en un bonito rincón a ver pasar el tiempo.

De lo que pueda cambiar en las dos últimas novelas, nada sé y nada quiero saber.
 
Conclusión: Las crónicas vampíricas es una serie que todo amante del vampirismo moderno debe leer al menos una vez en la vida. Cada quien la valorará según su gusto o lo que espere de ella. Personalmente la detesto un poco más de lo que la admiro; no volvería a leerla completa excepto si me pagaran por ello, sin embargo insisto en lo mismo: Hay que leerla y decidir por sí mismo respecto a su valor literario o estético.

Los aficionados a los vampiros clásicos (Drácula, Carmilla, Lord Ruthven...) nos reuniremos en otra entrada.

jueves, 7 de octubre de 2021

Ocho relatos de Edgar Allan Poe con comienzos deslumbrantes



Son muchos los relatos que han atrapado a un lector por lo atractivo de sus primeras líneas. Poe fue un maestro de esta técnica. Sus cuentos suelen iniciar con frases envolventes que en ocasiones exponen breve y directamente el asunto a tratar, pero en otras son filosóficas o simplemente tan incomprensibles como atrayentes. Una vez iniciada la lectura de un relato de Poe, ya no se deja hasta llegar al siempre impactante final.
Otros escritores han retomado esta idea siendo tal vez Lovecraft quien mejor lo consiguió; sin embargo Poe continua siendo el rey indiscutido en lo de atrapar lectores desde la primera línea. Estos son ocho inicios de relatos de Poe que una vez leídos obligan a leer todo lo que sigue.

1) Sombra (1835)
Ustedes que me leen, están todavía entre los vivos. Yo, que ahora escribo, estaré, desde hace mucho tiempo, en viaje por la región de las sombras. Porque, en verdad, sucederán cosas extraordinarias. Muchas cosas secretas serán reveladas, y pasarán muchos siglos antes de que estas notas sean revisadas por los hombres. Y cuando estos las hayan visto, unos no creerán, otros dudarán de ellas y pocos hallarán materia de meditación en los caracteres que con un estilete de hierro grabo en estas tablillas.


2) Berenice (1835)
El infortunio es múltiple. La desdicha sobre la tierra, multiforme. Dominando el vasto horizonte cual el arcoíris, son sus matices tan varios como los de ese arco, tan claros también, e incluso tan íntimamente mezclados. ¡Dominando el vasto horizonte cual el arcoíris! ¿Cómo he podido obtener de la belleza un tipo de fealdad? ¿Cómo del pacto de paz, un dolor semejante? Pero lo mismo que en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en la realidad, de la alegría nace la pena, bien porque el recuerdo de la felicidad pasada forme la angustia de hoy, bien porque las angustias que son tengan sus orígenes en los éxtasis que pueden haber sido.

3) Silencio (1838)
-Escúchame -dijo el demonio, colocando su mano sobre mi cabeza-. La región de que te hablo es una región lúgubre. Se halla en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no se encuentra descanso ni silencio.

 
4) William Wilson (1839)
Permítaseme, por el momento, llamarme William Wilson. La blanca página que ahora está ante mi no debe ser manchada por mi verdadero nombre. Ha sido este ya con exceso objeto de desprecio y de horror, de abominación para mi estirpe. ¿No han divulgado su incomparable infamia los indignos vientos por las más distantes regiones del globo? ¡Oh, el más abandonado proscrito de todos los proscritos!, ¿no has muerto por siempre para la tierra, para sus honores, para sus flores, para sus doradas aspiraciones?

5) Eleonora (1841)
Provengo de una estirpe que se ha distinguido por el vigor de su fantasía y el ardor de su pasión. Los hombres me han llamado loco; pero no está esclarecida la cuestión de si la locura es o no es lo sublime de la inteligencia, de si buena parte de lo que es glorioso -todo lo que es profundo- no surge de una dolencia del pensamiento, de unos modos del espíritu exaltado a expensas del intelecto general.


6) El corazón delator (1842)
Confieso que soy nervioso. Tremendamente nervioso. Lo fui siempre y lo sigo siendo. Pero ¿por qué dicen que estoy loco? La enfermedad aguzó mis sentidos, pero no los ha destruido ni embotado. Sobre todo tenía un oído agudísimo. He escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra y bastantes del infierno. ¿Cómo, entonces, puedo estar loco? Atención. Observen con cuanta cordura y con cuánta calma puedo contarles toda la historia.

7) El gato negro (1842)
No espero ni solicito crédito para el muy extraño y, sin embargo, muy vulgar relato que me dispongo a transcribir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, habría de estar realmente loco si así lo creyera. Pero no estoy loco, y estoy seguro de que no sueño. Y no obstante mañana moriré y hoy quisiera aliviar mi alma. 

 
8) El barril de amontillado (1846)
Había soportado lo mejor que pude las mil injurias de Fortunato, pero cuando llegó al insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando este deja de dar a entender, a quien lo ha agraviado, que es él quien se venga.

Bonus:
''Tú has sido'' (1844)
Voy a representar el papel de Edipo en el enigma de Rattleborough. Voy a exponerles -como sólo yo sé hacerlo- el secreto de la tramoya que produjo el milagro de Rattleborough, el único, el verdadero, el reconocido, el indiscutible, el indisputable milagro que puso fin de manera definitiva a la incredulidad entre los habitantes de Rattleborough y convirtió a la ortodoxia de las abuelitas a todos aquellos profanos que se habían atrevido a mostrarse escépticos.
 
Conclusión: Hay que leer a Poe.

jueves, 23 de septiembre de 2021

Florville y Courval o La Fatalidad (Marqués de Sade)


Incluida en Los crímenes del amor, un conjunto de once relatos moralizantes escritos por el Marqués de Sade, Florville y Courval o La Fatalidad es una de las obras maestras de su autor, quien con elegancia y talento logra hacernos partícipes directos del hado fatal de la virtuosa y sensible protagonista, culpable de varios crímenes monstruosos de los que permanece ignorante.

Resumen
Habiendo sido abandonado años atrás por su mujer y su hijo, el señor de Courval decide rehacer su vida volviendo a contraer matrimonio. Sus amigos lo ponen en relación con la señorita de Florville, dama de 36 años cuya belleza, dulzura de carácter e ingenio apropiado seducen a Courval desde el primer encuentro. Después de dos o tres reuniones más Courval propone matrimonio a Florville, pero ella se niega a responderle hasta que él haya oído su historia y en base a ésta juzgado si es digna de ser su esposa.
Florville comienza relatando su origen: A los pocos días de nacida es abandonada en las puertas de la casa del matrimonio parisino Saint-Prat, que la acoge bajo su protección pero nunca llega a adoptarla legalmente. Cuando Florville tiene 15 años muere la señora Saint-Prat y el marido, joven aún, envía a la muchacha a Nancy a casa de su hermana, la señora de Varquin, para evitar posibles murmuraciones. Lamentablemente el virtuoso Saint-Prat ignora que su hermana es una libertina de la peor calaña en cuya casa se vive en la más completa disolución.
La virtuosa Florville intenta mantenerse al margen de la vida de la casa Varquin; sin embargo su nueva protectora la induce a aceptar las atenciones de Seneval, un apuesto oficial de 16 años del que se enamora profundamente. Florville y Seneval se convierten en amantes y a los seis meses de relación ella queda embarazada. Seneval y Varquin se las ingenian para que dé a luz en secreto y enseguida Seneval se marcha llevándose al niño, al que jura cuidar.
Destrozada por los acontecimientos, Florville regresa a casa de Saint-Prat y le confiesa lo sucedido. Éste consigue instalarla con la señora de Lérince, dama simpática y respetada, imagen misma de la virtud. Durante 17 años Florville vive semiretirada en compañía de esta dama. Entonces, por petición particular, la señora de Lérince recibe en su casa a Saint-Ange, un joven de 17 años que despierta en Florville emociones que creía enterradas. Saint-Ange se enamora de Florville y la corteja, siendo firme y terminantemente rechazado. Enloquecido por la negativa, Saint-Ange intenta forzar a Florville, quien accidentalmente lo mata. Mientras agoniza, Florville le confiesa que también lo amaba.
Horrorizada de su crimen, Florville decide alejarse por un tiempo de París, acudiendo a visitar a la señora de Varquin. Al llegar la encuentra agonizando, pero más firme que nunca en sus ideas libertinas. Luego, en el hotel donde se aloja, Florville es la principal testigo de un crimen pasional, siendo su testimonio decisivo para llevar al cadalso a la asesina. Poco después regresa a París, donde acude a ver morir a su buena amiga la señora Lérince. A partir de ese momento Florville vive otra vez en un semiretiro durante dos años.
Cuando Florville termina su historia Courval le asegura que no hay nada realmente censurable e indigno en ella, pues sólo fue víctima de malos consejos y circunstancias ajenas a su voluntad. El matrimonio se realiza y Florville y Courval son felices, pero la llegada del arrepentido hijo de Courval cambiará todo de un modo terrible.

El marqués de Sade es unánimemente conocido como un escritor ''perverso'' por su predilección por los temas sexuales retorcidos. Los relatos agrupados en Los crímenes del amor, aun siendo obras escritas con fines moralizantes, contienen muchos de estos temas: Parricidios, incestos, asesinatos, seducciones... Para el lector sensible las historias son chocantes y hasta desagradables, pues el mal triunfa en la mayoría de ellas. Y aunque existe arrepentimiento genuino y penitencia, esto no elimina ni repara el daño causado. Florville y Courval no es la excepción, al contrario, a lo largo de sus pocas páginas se va acumulando crimen sobre crimen, dejando al final un sabor amargo. SPOILER: Es imposible no estremecerse cuando, tras oír la historia de su 'hijastro', Florville, desgarrada por el horror, exclama:
''Reconóceme Seneval; reconoce a la hermana, a la que sedujiste en Nancy, la asesina de tu hijo, la esposa de tu padre, y la criatura infame que arrastró a tu madre al cadalso... Sí, señores, he aquí mis crímenes; sobre cualquiera de ustedes al que dirija mi vista, sólo veo un motivo de horror; veo a mi esposo en el autor de mis días, y si es hacia mí misma a donde miro, veo al monstruo execrable que apuñaló a su hijo y llevó a la muerte a su madre. ¿Imaginan que el cielo pueda haber inventado bastantes tormentos para mí? ¿Dónde suponen que pueda sobrevivir un instante a los tormentos que desgarran mi corazón? No, me queda todavía un crimen que cometer, y éste los vengará a todos''.
FIN DEL SPOILER. No puedo evitar preguntarme si Sade realmente pretendía alertar al lector contra las consecuencias del desenfreno moral y sexual o sólo usó la idea como excusa para narrar historias perversas.
Como sea, el autor introduce y desarrolla en la obra varias líneas de pensamiento filosófico con sentido moral. Tal vez la intención de los relatos era la expuesta, sólo que siendo quien era, Sade no consiguió sustraerse a su gusto por lo morboso. Esto en ningún caso vulgariza los relatos; Florville y Courval, pese al horror desvelado en su final, está escrito de un modo elegante y aunque directo, nunca es grosero.
Respecto al lenguaje del relato, los personajes se expresan de un modo algo anticuado y artificial, lo que en lugar de jugarle en contra le da un aire de gran novela. Los diálogos no son difíciles, pero hay largos monólogos que podrían resultar un poco pesados para el lector promedio. Yo no recomendaría este relato a alguien no familiarizado con la literatura francesa de finales del siglo XVIII. Tampoco a quien desee leer una ''novela pornográfica'' del Marqués de Sade en el sentido actual de la palabra pornografía.
Personalmente disfruté mucho de la historia; entendí su mensaje moralizante y me horroricé con su desenlace, pues el carácter de la protagonista está muy bien diseñado. También me gustó mucho el elemento misterioso, casi de relato de terror que se cuela en cierto momento en la forma de un sueño alegórico. Es una lástima que el asunto no llegue a desarrollarse, hubiese sido muy interesante.

Lo mejor: La historia misma, el lenguaje, la ambientación, el terrible desenlace.
Lo peor: Algunos monólogos aleccionadores resultan un poco largos.
Conclusión: Buena, interesante, fácil de seguir.

jueves, 9 de septiembre de 2021

La guerra ha terminado (Algis Budrys - Cuento completo)


Una civilización completa dedica su existencia a un sólo fin: Construir una nave espacial para arrojarse a las estrellas. Generaciones enteras mueren en el penoso proceso de buscar y trasladar los materiales y el combustible. Finalizado, el trabajo parece carecer de sentido alguno. ¿Por qué esta gente gasta sus fuerzas y vidas en construir una nave antes incluso de desarrollar una cultura propia? ¿Qué los impulsa a una labor tan colosal que deben evolucionar por la fuerza para terminarla?
Un breve cuento de ciencia ficción con un final impactante que en su momento me hizo estremecer. Un pequeño clásico imprescindible.


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Un ligero viento soplaba sobre la polvorienta meseta donde la nave espacial estaba siendo aprovisionada de combustible y Frank Simpson, expectante, con su atuendo de vuelo, cubrió con sus membranas nictitantes unos ojos irritados. Continuó abstraído en su espera, mirando de hito en hito el casco recién terminado.
Allá en lo alto, el frío sol de Castle brillaba débilmente a través de unas nubes escarchadas. Una fila de hombres se extendía desde la cabria con su cuadernal, en el borde de la plataforma, hasta los bastidores enrejados para el combustible, visibles en la base del casco roblonado. Cada vez que desde la ranura se izaba un bloque desnudo de combustible, pasaba de mano en mano, hasta ocupar su sitio en la nave. Un equipo de reserva permanecía silenciosamente a un lado; cuando un hombre flaqueaba en la línea de trabajo, era sustituido por otro de la reserva. Los hombres enfermos o moribundos se hacinaban amodorrados en un lugar dispuesto para ellos, apartado de la zona de trabajo, donde se mantenían en una silenciosa espera. Algunos de ellos estuvieron manejando el combustible desde su llegada de la pila de preparación, a seiscientos kilómetros en línea recta a través de las llanuras, casi mil por vía férrea. Simpson no se sorprendió que estuvieran muriéndose, ni les prestó atención. Su tarea estaba en la nave y pronto se encontraría en ella.
Se quitó la película de suciedad que cubría sus mejillas, extrayéndola de los surcos de su cuero con la uña córnea del índice. Mirando a la nave, se dio cuenta que no experimentaba nada nuevo. No se sentía impresionado por su tamaño, ni complacido por la innata gracia de su diseño, ni excitado por la proximidad de su objetivo. Sólo le impulsaba la ansiedad por hallarse a bordo, cerrar las puertas, soltar amarras, maniobrar los mandos, poner en funcionamiento los motores y adelante, ¡adelante! Desde que nació, probablemente desde la primera conciencia clara de sí mismo, este impulso se desarrolló siempre igual, como un demonio que lo aguijoneaba a su espalda. Cada uno de aquellos hombres sobre la plataforma sentía lo mismo. Sólo que Simpson iba hacia delante, pero esto no significaba un triunfo para él.
Volvió la espalda en dirección a Castle Town, que se divisaba a lo lejos en el horizonte, al otro lado de las grandes llanuras que terminaban al pie de esta meseta.
Castle Town era su ciudad natal. Pensó para sí con sorna que difícilmente podría haber sido otra. ¿En qué otro sitio de Castle se podría vivir que no fuera Castle Town? Recordaba el albergue retirado de su familia sin ningún sentimiento especial de afecto. Pero mientras se hallaba allí, en pie, soportando el fino viento, enturbiado por la polvareda, lo apreciaba en su memoria. Era un lugar recogido y confortable, rodeado por el rico y húmedo aroma de la tierra. Una rampa se extendía hasta la superficie; a su término se abrían unos cuantos palmos de terreno bien apisonado por el peso de varias generaciones de su familia, que descansaban allí extáticamente para saturarse del poco frecuente calor del sol.


Alzó los hombros contra el frío de la meseta y le acometió el deseo de hallarse más allá de las llanuras, donde Castle Town yacía a un lado de la amplia colina, sobre un riachuelo escondido que se arrastraba serpenteando.
Castle Town le recordaba a su padre y le parecía oírlo:
—¡Ésta es la generación Frank! La generación que verá la nave terminada y a uno de nosotros tripulándola. ¡Podrías ser tú, Frank!
Tampoco olvidaba el largo proceso, hecho de duro trabajo, de cierta aptitud innata y un poco de suerte, que lo había llevado allí para pilotar esta nave hacia las estrellas.
Y al volver a la realidad, dio la espalda a las llanuras y a Castle Town, para contemplar la nave una vez más.
Fueron necesarias varias generaciones para su construcción y otras para aprender cómo roblonar del primer jabalcón al primer formero. Hubo que buscar por todo el planeta una fuente de combustible apropiado. Cientos de equipos de exploración, algunos de los cuales jamás regresaron, desaparecieron en territorios desconocidos y no consignados en los mapas, que rodeaban las llanuras. Por fin fue descubierta y se inició la construcción de la pila. Durante la elaboración del combustible murieron muchos de los operarios, sin que se conocieran todavía las causas.
La nave creció lentamente en la meseta, año tras año, en el foco de las vías por las que circulaban los vagones procedentes de los pozos del mineral y de los talleres metalúrgicos, donde unos operarios luchaban entre juramentos y maldiciones con la fundición ardiente que salpicaba en los moldes, mientras otros se laceraban las manos al limar las rebadas de las piezas fundidas.
Los obreros de las grúas, izaron cada pieza junto a la plataforma, lugar designado para construir la nave, hacia lo alto, donde el aire era fino y el terreno circundante se encontraba a cientos de kilómetros, allá abajo, donde los pacientes equipos se atrafagaban con la descarga de los vagones que llegaban sin cesar, dejando las huellas de las pesadas piezas en sus hombros encallecidos.
Ahora, todo culminaba felizmente y podía partir.
El crujido de la grava lo hizo volver la cabeza hacia la izquierda. Vio a Vilmer Edgeworth que subía en aquella dirección, llevando una caja sellada de metal enmohecido.
—Aquí está —dijo Edgeworth, entregándole la caja. Edgeworth era un hombre brusco y descortés, que a Simpson nunca le agradó mucho. Tomó de sus manos la caja.
Edgeworth siguió su ojeada hacia la nave.
—Casi dispuesta ya, al parecer —comentó.
—El aprovisionamiento de combustible está casi listo. Ahora roblonarán esas últimas planchas sobre los bastidores y en seguida podré irme —explicó Simpson.
—Sí. Ya puede irse —convino Edgeworth—. ¿Por qué?
—¿Eh?
—¿Por qué se va? —repitió Edgeworth—. ¿Hacia dónde se dirige? ¿Sabe pilotar una nave espacial? ¿En qué hemos volado nosotros hasta ahora?
Simpson lo miró con asombro.
—¿Por qué? —estalló—. ¡Porque necesito hacerlo, porque todos hemos trabajado con toda el alma en ello durante generaciones, para que yo pudiese partir! —Sacudió violentamente la caja metálica bajo las mandíbulas de Edgeworth.
Edgeworth retrocedió varios pasos.
—No estoy tratando de detenerlo —dijo.
La rabia de Simpson se desvaneció ante la disculpa.
—Perfectamente —dijo, conteniéndose. Miró a Edgeworth con curiosidad—. ¿Por qué hace entonces esas preguntas?
Edgeworth sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo. Nunca había logrado contener su exaltación. Tras su primer impulso, sus modales perdieron mucho de su seguridad habitual—. Mejor dicho —prosiguió—, no sé que pensar. Algo no marcha bien. ¿Por qué estamos haciendo esto? Ni siquiera comprendemos lo que hemos construido aquí. Escuche, ¿sabe que allá se encuentran pueblos como Castle Town, pero mucho más pequeños? Están habitados por hombrecillos diminutos, de unas tres pulgadas de altura, que andan sobre sus manos y sus pies, y que van desnudos. No pueden hablar y carecen de manos.
—¿Qué tiene eso que ver?
La cabeza de Edgeworth oscilaba.
—No lo sé. ¿Ha visto alguna vez el osario?
—¿Para qué?
—Nadie pensó hacerlo, pero yo sí. Escuche, nuestros antepasados eran más pequeños que nosotros. Sus huesos eran más pequeños. Cada generación que precedía tenía los huesos más pequeños.
—¿Y cree que eso supone algo para mí?
—No —admitió Edgeworth. El aliento le silbaba un poco entre los dientes—. No significa nada para mí tampoco. Pero necesitaba decírselo a alguien.
—¿Por qué? —repuso Simpson.
—¿Eh?
—¿Qué objeto tiene esta conversación? —preguntó Simpson—. ¿A quién le importan los huesos viejos? ¿Quién mira en los osarios? Lo único importante aquí es la nave. Hemos sudado y nos hemos esclavizado por ella. Hemos muerto y hemos viajado por lugares ignorados, hemos trabajado en minas y hemos fundido y moldeado metales para construirla, cuando podíamos trabajar para nuestro propio provecho. Hemos luchado con el tiempo, con nuestros cuerpos débiles, con las distancias, para arrastrar esas cargas hasta aquí, las hemos izado y hemos construido la nave. ¡Ahora debo irme!
Veía a Edgeworth a través de una neblina roja. Parpadeó con impaciencia. Lentamente, su reacción agresiva contra cualquier obstáculo se disolvió en su corriente sanguínea y pudo sentirse un poco avergonzado.
—Lo siento, Edgeworth —murmuró. Sacudió violentamente la cabeza en dirección a la nave, al escuchar el sonido de las machotas de roblonar que martilleaban sus oídos. Los depósitos de combustible estaban siendo plateados por encima y la larga línea de cargadores, con las manos ociosas, se dejaban caer al suelo para descansar, mientras observaban la terminación de la nave.
—Me voy —agregó Simpson. Se puso la caja metálica bajo el brazo y avanzó lentamente hacia la escalera de la nave, pasando entre los hombres tumbados. Ninguno lo miró. Para ellos no tenía importancia. Era la nave lo que interesaba.
El interior de la nave estaba casi completamente hueco, enrejado con una celosía de ristreles que convergían en una serie de pesados aros de acero. Montada a prueba de golpes en el cilindro de espacio libre interior a los aros, se hallaba una pesada y compleja maquinaria, llena de alambres y de tubos esmeradamente soldados, formando un conjunto encajado en arcilla refractaria y protegido por placas de goma silicosa. Una pesada trama de alambre corría desde las aberturas del blindaje final de acero prensado y conectaba la máquina a un generador. Otros alambres corrían a los postecillos que se proyectaban desde el blindaje galvanizado del casco interior. Nadie sabía su finalidad. Una cuadrilla distinta lo había construido, mientras se iban formando las secciones del casco y esta tarea les llevó años. Simpson miraba las costuras del blindaje, realizado por medio del procedimiento llamado «soldadura autógena», según le explicó el capataz.
Debajo del compartimiento principal se hallaban las máquinas con su pesada culata de plomo.
—¿Para qué esto? —recordó haber preguntado cuando lo vio nivelar en su sitio.
—No lo sé, y fui yo quien lo hizo construir. —El capataz de la cuadrilla extendió los brazos con desamparo—. La nave sólo... no la encuentro en forma... sin eso.
—¿Pretende decir que no volaría sin una tonelada de peso muerto?
—No. No... no lo creo. Creo que podría volar, pero usted moriría, como los hombres que manejaban el combustible, antes de llegar a su destino. —El capataz meneó la cabeza—. Creo que es eso.
En el morro de la nave, pendiente sobre la cabeza de Simpson al arrimarse a la escalera interior junto a la compuerta de aire, estaba la cabina de pilotaje. Contenía una cama con suspensión cardán y también pedestales para los controles enraizados en el ahusado casco y que convergían en el lecho. El morro era sólido y Simpson se admiraba de haberlo diseñado así. Sospechaba que hubo algún procedimiento especial de construcción. Después de una última mirada a su alrededor, trepó escalera arriba, hasta la cama, moviéndose torpemente con la caja bajo el brazo. Una vez en la cama, encontró un marco que sobresalía de su armazón. La caja se ajustaba a él en forma exacta, con grapas de resorte que la mantendrían bien sujeta.
Se acomodó en la cama, asegurando sus caderas y su pecho con anchas correas. Intentó alcanzar los controles, hasta que los encontró todos a una distancia cómoda para su manejo.
«Aquí estoy —pensó para sí—, estoy dispuesto.»


Sus dedos recorrieron una hilera de conmutadores. En el vientre de la nave algo resonó y las macilentas luces de emergencia se apagaron al quedar encendidas las de maniobra. Un juego de pantallas se elevó sobre su cabeza, dentro del sistema de mecanismos de la nave, que le proporcionó una perfecta visión del espacio exterior. Dirigió una última mirada a la plataforma y a los hombres de vigilancia, al cielo y a las llanuras. En lo alto del morro de la nave, muy por encima de las llanuras, pensó que podría divisar la colina de Castle Town.
Pero ya no le quedaba tiempo. Sus manos recorrían rápidamente los mandos. Las luces dispuestas al efecto destellaban en el tablero y a su espalda los motores auxiliares se hallaban trabajando también a pleno rendimiento. Tiró hacia sí de las palancas de maniobra y las macizas máquinas comenzaron a ronronear. Recorrió ágilmente los enclavamientos para asegurar el curso normal del combustible. Abrió la boca y comenzó a jadear, falto de aliento. Sintió tambalearse la nave y experimentó un relámpago de pánico. Pero un instante después había recobrado la calma. Todo iba bien. La nave acababa de romper sus amarras. Todo iba bien, la nave funcionaba y el viaje comenzaba. Por fin se hallaba en el espacio.
Las pantallas traseras estaban empañadas por el halo de las ardientes arenas. La nave rugía sordamente en su volar hacia el cielo, cegando a los espectadores que la observaban desde la meseta tras ella.
Nunca en su vida imaginó que algo semejante existía más allá del cielo. No había nubes, ni cortinas de polvo, ni ondulaciones estremecidas en la atmósfera, ni resplandores difusos de luz. Únicamente estrellas y nada más que estrellas, sin nada que las velara, esparcidas por la negrura, agrupándose en nebulosas espirales, que se coagulaban y en sábanas de luz, gigantescas lentes y ovas de galaxias, un sol tras otro y tras otro. Los miraba con admiración, mientras la maciza nave se lanzaba contra ellas, enteramente aturdido. Pero cuando llegó el momento de maniobrar los controles, que hasta entonces había dejado muy sueltos, lo hizo precisa y perfectamente. La máquina, anidada en su red de estructuras, engulló más y más potencia del generador. Cuando comprendió con perfecta claridad por qué la nave exigió un diseño complejo, se hallaba ya en el hiperespacio. Lo atravesó como una exhalación en la más completa oscuridad, hasta que de pronto, se vio fuera de él otra vez. Mientras los sonidos de alarma resonaban por todo el fuselaje, apareció ante él una gigantesca nave interestelar.
Cortó rápidamente toda la potencia de marcha, excepto los circuitos de señales y luces y mantuvo una mano protectora sobre la caja metálica, preguntándose que contenía, de dónde habría venido. Y esperó.


Simpson empujó apresuradamente el cierre interior del escotillón que hacía posible el acceso a la nave terrícola y se detuvo, mirando a los dos extranjeros que lo aguardaban. Su piel era tersa y de un blanco tostado, con protuberancias fibrosas de aspecto suave amoldadas a la forma de sus cráneos. «Aspecto suave», sería también una adecuada descripción de conjunto. De piel flexible como la tela, sus rostros aparecían redondos y sus facciones turbiamente definidas. Blandos. Pulposos. Los contempló con disgusto y aversión.
Uno de ellos cuchicheó al oído del otro, probablemente para que Simpson no pudiera escucharlo:
—¿Terrícola? ¿Que viene de...? ¡No puedo creerlo!
—¿Cómo hubiera podido aprender lo suficiente para llegar hasta aquí? —repuso el otro rápidamente— . Reflexione, Hudston. Ya me oyó al teléfono. Ha adquirido un acento terrible y algunos modismos extraños, pero se trata de un terrícola, sin duda alguna.
Simpson iba descifrando sus blandas entonaciones. Debió encolerizarse, pero no lo hizo. Al contrario, algo pugnaba por salir de su garganta, algo enterrado, algo que había comenzado no con él sino con generaciones pasadas y que ahora surgía a la luz:
—¡La guerra ha terminado! —gritó—. ¡Ha terminado! ¡La hemos ganado!
El primer terrícola lo miró con asombro, enarcando una ceja.
—¿De verdad? ¿Qué guerra es esa? No tenía noticia de ninguna guerra.
Simpson pareció confuso. Se sintió también vacío, aturdido y perplejo ante lo que brotó de su laringe. No sabía que respuesta dar. Quiso decir algo más, pero nada se le ocurría. Vacilante, ofreció la caja metálica al terrícola.
—¡Déjeme ver eso! —exclamó rápidamente el segundo terrícola, tomando la caja de las manos de Simpson. Miró fijamente la tapa—. ¡Santo cielo!
—¿Qué es, almirante? —preguntó Hudston. El segundo terrícola le mostró en silencio el sello sobre la tapa, que nunca había significado algo para Simpson ni para ningún otro habitante de Castle.
—T.S.N. Servicio de Correos —deletreó Hudston—. Pero qué diablos... ¡Oh, ya comprendo, señor! Fue disuelto, en el siglo veinticuatro, ¿verdad?
—A finales del veintitrés —murmuró el almirante—. Cuando se completó la cadena de radio hiperespacial.
—¿Cuatrocientos años, señor? ¿Dónde la encontraría este hombre?
El almirante estaba examinando la caja. La tapa, que todo el mundo en Castle creía sellada, se abrió de pronto. El almirante sacó una colección de mapas arrugados y un libro con cubiertas de cuero debajo de ellos. Ninguno de ambos terrícolas prestaba la menor atención a Simpson. Éste se removía incómodo y observó en la pared metálica como algunas varillas oscilaban para seguir sus movimientos.
El almirante cepilló cuidadosamente la cubierta del libro, que mostraba un título en oro: «Cuaderno de Bitácora Oficial, T.S.N.S. Hare».
—¡Muy bien, ahora estamos llegando a alguna parte! —ojeó cautelosamente algunas de las primeras páginas, para comprobar la fecha. Luego prosiguió—. Asuntos de trámite. Vayamos al grano, si es que lo hay.
Se detuvo y miró a Simpson otra vez durante un momento, sacudió la cabeza violentamente y continuó su búsqueda.
—¡Aquí está, Hudston! Escuche: «Siguiendo a toda velocidad, rumbo al Sistema Solar. Todo bien» —leyó—. «En 0600 GST, Gobierno Provisional Eglin concluida tregua pendiente armisticio. Signatarios fueron...» Bueno, esto no interesa. Todos se han convertido en polvo desde hace mucho tiempo. Veamos lo que le ocurrió a él. —El almirante volvió algunas páginas—. Aquí lo tenemos. Esto es lo consignado el siguiente día. Se interrumpe aquí, como verá, y termina más adelante: «Prosiguiendo a toda velocidad, rumbo al Sistema Solar. En hiperespacio. Todo bien. Tiempo estimado de llegada, Base Griffon, + 2d, 8 hrs.»
—Observe esa tachadura, Hudston. Debe habérsele movido el brazo. Ahora: «Continuación del cuaderno de bitácora: Combate casual con buque patrulla de Eglin, al parecer ignorante de la tregua, resultado con avería grave por torpedo, compartimientos D-4, D-5, D-6, D-7. Nave sin gobierno. Máquinas y generador hiperespacial semiaveriados y nave definitivamente fuera de combate, creyéndose navegación por ahora imposible. Sufrido quemaduras superficiales y fracturas simples en pierna derecha y brazo izquierdo».
—Aquí está lo registrado al día siguiente: «Nave todavía sin gobierno y máquinas y generador continúan semiaveriados. Casi todos los instrumentos de a bordo desprendidos o en corto-circuito por choque explosión. Navegación imposible. Nave ahora cayendo dentro y fuera de hiperespacio a intervalos casuales. Intentando desconectar generador sin conseguirlo. Se sospecha avería compleja progresiva en circuitos del coordinador y rejillas de modulación.»
—¿Por qué no pidió ayuda, señor?
El almirante miró de soslayo a Hudston.
—Le era imposible. No podía comunicar a mayor velocidad que la luz, a menos que enviara correos. Estaba confuso, Hudston. Herido y atrapado. Y esa, dicho sea de paso, es la última anotación. Lo restante es un corto diario: «Aterrizaje forzoso alrededor de 1.200 GST en un planeta pequeño, deshabitado y desconocido. Las constelaciones no proporcionan ninguna orientación, ni aun por Proyección Náutica. Estoy aquí al azar.
»La nave quedó destruida en el choque. Tengo dos piernas rotas y algunas heridas. Logré salvar el botiquín, por lo que no hay problema. No estoy bien. Sigo perdiendo sangre por derrame interno y no sé cómo aplicar a las fracturas un vendaje Stedman.
»Hice una pequeña exploración esta tarde. Desde mi observatorio, no se divisa más que hierba, pero vi algunas montañas y ríos antes del choque. Hace frío pero muy moderado, a menos que estemos en verano ahora. Acaso primavera. Me entristece pensar en el invierno.
»Pienso en cuánto tiempo pasará hasta que en la Tierra sepan que la guerra ha terminado.»
Simpson se movió nerviosamente. Otra vez aquellas palabras. Debería haberse interesado por esta nave y por esta gente. Pero ni siquiera los lisos y macizos mamparos, dotados de brillante luz propia, ni los dos terrícolas con sus uniformes escarlata, parecían causarle impresión.
Estaba allí. Lo había conseguido. Y no parecía importarle lo que ocurriera después.
—No hay mucho más en el diario —dijo el almirante—: «Me siento muy débil hoy. No cabe duda, estoy perdiendo más de lo que puedo soportar. Ingiero protrombina en terrones como si fuera azúcar, pero sin resultado. Se me están acabando, de todos modos.
»El alimento será también un problema. En este sitio nada es comestible, excepto algunos pequeños seres que parecen proceder de un cruce entre perro de las praderas y lagarto. Pero necesitaré unas dos docenas de ellos para un almuerzo.
»De nada sirve engañarme. Si con mi UI (Unidad de Información) no puedo sostener mis entrañas, la vitamina K tampoco será capaz de hacerlo. El alimento, por tanto, no llegará a constituir un problema.
»Esto me hace pensar algo muy interesante. Dispongo de una UI, elemento que se supone anida nuestro interior, dotado de vida, y que intenta salir de nuestro cuerpo. La verdad es que no había pensado mucho en ello, hasta ahora. Siempre me ocupé de transmitir mis informaciones directamente. Pero ahora este elemento, por derecho propio, vive dentro de mí. Está construido de tal forma que su finalidad es que toda la información que poseo llegue al destinatario adecuado. He oído decir incluso que una UI se ha proyectado fuera de un hombre, atravesando todas las barreras protectoras hasta entregar un mensaje. Son endiabladamente listas, a su manera. Nada las detiene, ni nada las rechaza.
»Estoy aquí solo en este lugar solitario donde nadie podrá encontrarme. Si dispusiera de una nave, podría llegar hasta ella e irme. Forzosamente llegaría, en un sentido o en otro, a territorio de la Federación. Pero no la tengo. Ni tengo ya ninguna otra cosa. Me pregunto que podrá hacer ahora mi UI.»
El almirante miró a Hudston.
—Aquí termina el diario. Hay una firma... «Norman Castle, oficial alférez, T.S.N.» Hudston miró distraído al almirante.
—Fascinante —comentó—. Todo un problema para su UI, ¿verdad? Supongo que un modelo tan primario como el de Castle debió morir con él, sencillamente.
—Las UIs nunca mueren, Hudston —repuso el almirante lentamente. Cerró el viejo cuaderno de bitácora y su rostro se contrajo bajo el impacto acumulativo de una idea—. Cuando se tiene una UI, se tienen mil. Y nunca se dan por vencidas —su voz se apagó hasta convertirse en un suspiro—. Son demasiado poco inteligentes para ceder, pero demasiado astutas.
Miró a Simpson.
—No creo que la UI de Castle fuese lo bastante evolucionada para tener sentido del tiempo. Ni para juzgar que su misión había caído en desuso —giró rápidamente la cabeza en dirección a Simpson.
—La guerra ha terminado —le dijo—. Concluyó hace tiempo. Gracias de todos modos. Ha cumplido bien su misión.
Simpson no lo oía. Estaba vacío, agotado. Su fuego interior lo había abandonado y su mente se retraía, perdiendo todo interés en las cosas trascendentales para los hombres. Cayó bajo la mesa, a cuatro patas como un animal, aullando y desgarrando sus ropas con mordiscos rabiosos.

FIN