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jueves, 24 de noviembre de 2022

Requiescat (Oscar Wilde)



Requiescat

Pisa ligeramente, ella está cerca,
bajo la nieve;
habla suavemente, ella puede oír crecer las margaritas.

Toda su brillante cabellera dorada
está empapada por la herrumbre;
ella, que era joven y bella,
se ha convertido en polvo.

Semejante al lirio, blanca como la nieve,
apenas sabía
que era mujer,
tan dulcemente había crecido.

Las tablas del ataúd y una pesada losa
se apoyan sobre su pecho;
mi solitario corazón está afligido;
ella descansa en paz.

Silencio, silencio, ella no puede oír
la lira o el soneto;
toda mi vida está enterrada aquí,
amontonen tierra sobre ella.


jueves, 1 de septiembre de 2022

El niño que enloqueció de amor (Eduardo Barrios)

 
Esta pequeña gran novela es una de las obras más reconocidas de la literatura chilena del siglo XX. Fue publicada en 1915 y agotó la primera edición en menos de dos semanas, alcanzando rápida popularidad y consagrando a su autor. Desde entonces no ha dejado de reeditarse y leerse; es lectura obligatoria en muchas escuelas chilenas.
En su momento El niño que enloqueció de amor suscitó un cierto escándalo por la osadía de su argumento, aunque recibió el aprecio y elogio de los poetas. Gabriela Mistral fue una de sus grandes admiradoras; tras su lectura inició una amistad epistolar con el autor, al que acabó llamando "hermano Eduardo".

Resumen
La obra está escrita como el diario de vida de un niño anónimo. Comienza relatando su admiración y cariño hacia Carlos Romeral, amigo de su madre viuda, quien le cuenta de su diario. El niño decide entonces llevar un diario de vida para hablar de Angélica, joven amiga de su madre por la que siente un amor apasionado y obsesivo. Angélica, por supuesto, nunca es consciente del alcance de tal amor, y por lo mismo desata la ira y desesperación del niño cuando empieza a verse con un hombre llamado Jorge. La tragedia se concreta en una comida en casa de Angélica, donde es besada por Jorge ante la vista del celoso niño.

El niño protagonista es un personaje doloroso y conmovedor, miembro de una familia disfuncional: Su padre está muerto, su madre no lo comprende, su abuela lo desprecia y sus hermanos no lo quieren. La madre y la abuela discuten respecto a la crianza del niño sin llegar a ponerse de acuerdo; los hermanos se burlan de él. Esto lo lleva a un aislamiento donde puede ahondar en fantasías sobre Angélica, acrecentando su pasión y minando su salud física y emocional. 
La única persona que parece preocuparse razonablemente por él es Carlos Romeral. El autor nunca lo dice de forma directa, sin embargo lo expone con bastante claridad: Carlos Romeral tuvo un amorío con la joven viuda; él es el verdadero padre del niño. Pero Carlos está casado y aunque se preocupa por su hijo, no puede dedicarle tanto tiempo como quisiera. El niño, ignorante de su condición de bastardo, siente la frialdad y el silencio circundante, y se refugia en su amor desesperado que lo llevará a la locura y la muerte. 

El niño que enloqueció de amor es una novela dolorosa, delicada, elegante y desgarradora. Su prosa fina y poética destila un romanticismo dulce y devastador; la ilusión y tristeza emanada de sus páginas no deja indiferente. Sentí la soledad e impotencia del niño ante aquel sentimiento prematuro e imposible de apartar o sobrellevar. Me impactó el horror de su final. Lloré las veces que la leí.


Fragmentos

Sobre Carlos Romeral:
''Es el hombre más inteligente que conozco. Como que cuando él habla, todos le escuchan y le encuentran razón. Yo, sobre todo, le encuentro razón siempre. Dice cosas que uno siente. No se habrá fijado uno mucho en esas cosas, pero las ha sentido y son la pura verdad. Esta noche me ha dicho que a la oración, junto con las golondrinas, pasan volando las campanadas de la iglesia. Y es cierto, pasan volando.''

Sobre la abuela:
''Por eso dice mi abuela (…) que me tiene lástima. Más le tengo yo a ella, que tiene las manos llenas de venas y la cara color tierra seca y los labios blancos y los dientes amarillos, y que ni siquiera sabe tocar el piano como mi mamá, y no hace sino pelear con los sirvientes.''

Sobre Jorge:
''Se llama Jorge; y es buenmozo; pero muy cargante, el tipo. Ese  modo de decir «señorita Angélica». ¡Imbécil! A ella no le gusta, creo yo. Y cómo le va a gustar, también, con esa cabeza chica y esos ojos redondos y ese bigote como escobilla de dientes... No, no es feo... Pero no le gusta, porque yo se lo pregunté y ella me dijo que no. ¿Y para qué me iba a engañar?, vamos a ver.''


''Los atardeceres son todos melancólicos en los cuartos de los enfermos; pero mi memoria conserva el de aquella estancia, como una llaga en carne viva, siempre irritada y sangrante. Una insufrible congoja me oprime aún al recordar la penumbra en que todos nos desdibujábamos como espectros, la ventanita en alto por donde se veía un trozo de cielo azul gris y asomaba de rato en roto un volantín silencioso, la lívida pincelada del lecho sobre el cual erguíase borroso el busto del loquito que hablaba sin cesar, borboteando un monólogo exasperante.''


Elogio poético de Daniel de la Vega

Muchacho de  ojos grandes y profundos, 
que entre las brumas de tu amanecer, 
con los primeros sueños vagabundos 
ya sentiste pasar una mujer... 

En esta tarde mansa y evangélica 
el alma ya está loca de soñar... 
Hay un recuerdo pálido de Angélica 
y un deseo tan hondo de llorar... 

Es una de esas tardes que tú viste. 
Pronto el crepúsculo se abatirá. 
Tú estás conmigo, dulcemente triste, 
y Angélica parece que se va... 

Tarde, campanas, pena y armonía, 
ternura de una cosa que pasó, 
silenciosa y fugaz melancolía 
de lo que pudo hablarse y no se habló… 

Mansa melancolía indefinible 
que en el alma dormida despertó 
la callada visión de la Imposible 
que pasó a nuestro lado y no nos vio... 

¿Alguien se fue?... De la ilusión difunta 
despierta una inquietud, un no sé qué; 
y aunque nadie responde a la pregunta, 
bien sabe el corazón que alguien se fue.


Lo mejor: El maravilloso estilo y lenguaje poético. 
Lo peor: Siempre he creído que si el amigo de Carlos hubiera mostrado el diario al encontrarlo, el niño podría haberse salvado. Me molesta un poco que no pasara. 
Conclusión: Lectura imprescindible de la narrativa chilena y una de las obras más bellas y tristes que he leído jamás. La recomiendo a los románticos. 

jueves, 16 de junio de 2022

Cuatro poemas góticos de Emilio Carrere

 


Voces de agoreria

¡Toda la noche, toda la noche, como una incierta
voz  angustiosa del más allá!
¡Toda la noche, toda la noche, junto a la puerta
un perro negro llorando está!

¿Qué sombra pasa?... ¿Qué sombra mata los reverberos
en las desiertas calles, henchidas de hondas angustias?
¡No la ve nadie!... Pero a su paso por los senderos
crujen macabras las hojas mustias.

Toda la noche, los campanarios, en el profundo
silencio, tañen sus fantasmales voces lejanas;
toda la noche, como un gemido del otro mundo,
llena los vientos el De profundis de las campanas.

¿Qué reloj negro canta las horas, mientras las vidas,
¡las más floridas!, se desmoronan en los osarios?
¿Qué brujas negras, qué brujas negras y contorcidas
son las que tañen la extraña orquesta de campanarios?

Toda la noche brilla, en la muerta calleja umbría,
de una ventana la luz incierta.
Toda la noche, con sus lamentos de agorería,
estuvo un perro junto a la puerta.

¡Era tan rubia! Yo la veía tras los cristales
de esa ventana por donde cruzan sombras llorosas.
¡Era tan blanca! Luego vinieron las otoñales
noches que mustian todas las rosas.

¡Toda la noche gimen los negros perros errantes!...
¡Oh pobre virgen, muerta en aroma de juventud!
¡Luego vinieron dos hombres negros y alucinantes
trayendo en hombros un ataúd!




Alta noche

Voy vagando por las calles
sombrías de un barrio viejo,
y me sigue la fatídica 
silueta de un perro negro.

Es tarde. La ciudad duerme
en el nocturno misterio;
mueren las últimas notas
de un violín a lo lejos.

Brilla la luz de una lámpara
tras un balcón entreabierto.
Quizá una novia que sueña
en amoroso desvelo.

Voy vagando por las calles
con mis negros pensamientos.
Quiero evocar dulces cosas
para olvidar…, y no puedo.

Que la luz que iluminaba
mis negruras de bohemio,
mi abnegada compañera,
esta horrible tarde ha muerto.

Y allá, en la vieja buhardilla, 
duerme su más dulce sueño.
Duerme sin caja ni flores,
tendida en un paño negro.

Toda la noche he llorado
junto a aquel querido cuerpo,
hasta que una suave música
llegó a desgarrar mi pecho.

De un alegre hogar en fiesta
eran los plácidos ecos.
¡Qué amargo es saber que hay dicha
cuando el alma está sufriendo!

Y he salido de la casa
y la he dejado durmiendo.
Sufro mucho… Necesito
soñar que sólo es un sueño.



En memoria

Lloran los campanarios de toda la ciudad;
sus lágrimas de bronce caen en mi soledad.
¿Qué manos invisibles voltean las campanas,
que suenan, en la noche, medrosas y lejanas?
Nadie en la calle… Sombra, densa y horrible sombra;
el alma se emborracha de tinieblas. Distante,
parece que hay un dulce acento que me nombra… 
Es que sueña mi oído. La luz parpadeante
de  los faroles guiña como vieja ramera.
Tengo miedo. Parece que hay alguien que me espera,
invisible, en la sombra; vagas formas astrales
asoman a mi paso sus rostros irreales.
En cada quicio hay algo que acecha; en cada puerta
me ataraza una mano esquelética y yerta. 

Es la Noche, la bruja Noche, la nigromante
del gran manto de estrellas. La maga alucinante
que yo he amado tanto, que devoró mi vida
con su fiebre insaciable de vampiro sabático;
Venus negra, que embruja con su filtro lunático.
La Noche vasta y lúgubre fué mi peor querida.
Lloran los campanarios de la ciudad. Mi paso
me lleva por las calles torcidas, al acaso.
Como todas las noches, en esta hora de calma,
mi alma huye de mi cuerpo, mi vieja y triste alma.
En la honda pesadilla de la noche, una estrella
brilla sobre mi frente. Yo pienso: 《Será ella?
¿Las almas de los muertos vuelan a los luceros?
¿Desde qué astro remoto ve mi vida de horror?
¿Sabrá que voy buscando los ocultos senderos
donde sólo hay dolor, dolor, dolor…?》

Yo la besé en la frente… Toda mi juventud,
mis sueños y mis glorias se iban en su ataúd.
En la alcoba mortuoria había un denso hedor
de fiebre y medicinas. ¿Era aquello mi amor?
Entre las cuatro tablas su belleza fragante
sonreía. ¡Oh dolor de aquel trágico instante!
Flores sobre su cuerpo… Y, oculto entre las flores,
mi retrato, y mis cartas, y mis versos primeros.
¡Las ingenuas reliquias de mis pobres amores,
la historia juvenil de mis versos sinceros!
La suerte no me ha ahorrado ningún dolor… Ahora
espero tristemente a que llegue la hora...
Algo, bajo la tierra, tira de mí. Algo mío,
con su cuerpo, en la tumba, se estremece de frío.

¡Oh noche inolvidable! La luz de los hachones
rielaba en las vidrieras. Se oían las canciones
de las gentes alegres. Y la noche vernal
desleía en el aire su fragancia nupcial.
Yo lloraba, lloraba, pues Dios le quiso dar
a mi pena el consuelo divino de llorar. 

Mujeres enlutadas, rumor de voces. Denso
cansancio en el espíritu. Sombras de pesadilla;
el olor de las rosas se fundía al intenso 
olor de su cadáver; a la luz amarilla
de los cirios veía pudrirse, con horror,
la boca que besé con locura de amor.
Después, la negra caja se cerró; en su ataúd,
abrazada a sus huesos, está mi juventud. 




Éxodo

Morirá tu belleza como mueren las rosas;
siento, al besar tus labios, el horror de perderte, 
y por eso aprisiono tus manos temblorosas,
porque te quiero y tengo mucho miedo a la muerte.

Volarán mis canciones cual locas mariposas;
la Pálida Barquera pronto echará mi suerte;
por eso miro tanto las flores luminosas
de tus ojos, que temo el morir por no verte.

¿Por qué mueren tan pronto las rosas y el amor?
¿Qué ángel negro me inspira este inmenso terror
de hacer sin ti el viaje del que nadie ha tornado?

¡Suave fuera partir en amante hermandad,
dándote un beso todo de luz y eternidad,
mientras boga Caronte, triste y desnarigado!


jueves, 7 de abril de 2022

Juntaré tus cenizas (Juan Guzmán Cruchaga)

 

Juntaré tus cenizas

Mi nostalgia caída
cava donde tu yaces,
cava y araña. ¡Ay, huesos
rojos de tierra y sangre!
Mi nostalgia de tantos 
años ha de crearte 
de nuevo, Soledad, 
para que me acompañes.
Juntaré tus cenizas
y tu espíritu errante,
tu corazón de cuna
y tus ojos de viaje.
Las rosas pensativas
me entregarán tu sangre,
las estrellas la piel
de tus manos fugaces,
la abeja tus palabras,
tu silencio la tarde
y, en el cielo, la alondra
tu sueño delirante.
No hay gusano que pueda
devorarme tu imagen 
ni tierra que la cubra 
ni viento que la apague.
Oh, mi bella durmiente,
mi nostalgia te salve,
mi nostalgia que ciñe
tu fantasma distante.
Oh, mi bella durmiente,
dormida en los cristales 
de un gran recuerdo. ¿Cuándo 
despertarás mirándome
con la mirada tuya
que es tuya y no es de nadie?