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jueves, 23 de febrero de 2023

Mis libros de ciencia ficción

Ya mencioné mi gran gusto por la literatura de ciencia ficción. Ahora deseo agregar que ese interés no se limita al género en su forma literaria, sino que se extiende a otras expresiones artísticas: El cine, la televisión, el comic y el dibujo. También a la música y la fotografía. Sencillamente es un tema que amo por muchas y diferentes razones, aunque aquí me centraré en la literatura. 
Voy a compartir unas imágenes de mis tesoros de la ciencia ficción literaria. Se trata de algunos de los libros reales que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida. Muchos son de segunda mano y los compré en ferias libres, ya que en Chile los libros no son accesibles para la mayoría de los bolsillos.
He conseguido muchísima literatura en PDF, pero aunque agradezco cada día la existencia de tan asequible invento, para mí nunca reemplazará a mi favorito, el libro impreso en papel. Soy muy anticuada en algunas cosas. 

Estos son algunos de mis libros. Los demás, por problemas temporales de espacio, están guardados en cajas de cartón. La figura del mítico Astroboy también la conseguí en una feria. 



Aquí siete de mis favoritos. Todos clásicos, puesto que en literatura prefiero la ciencia ficción anterior a 1990, sin por eso menospreciar obras posteriores. De hecho tengo varias novelas del siglo XXI en mi colección virtual. 



La guerra de los mundos, la obra madre de las historias de invasiones extraterrestres y un clásico absoluto que todo aficionado al género DEBE leer al menos una vez. 
El bello dibujo de la portada de esta edición, evoca maravillosamente el ambiente victoriano de la obra. 



1984 debiera ser lectura obligada en las escuelas. La ucronía distópica de Orwell señala como nadie la importancia del lenguaje, y los mecanismos de control y opresión que se pueden ejercer a través de la manipulación de este. Un libro imprescindible para cualquiera que ame la buena literatura en general.



Los humanoides es una preciosa reliquia de la Primera Edad de Oro de la ciencia ficción: Anticuada, desfasada, ingenua... y completamente adorable; una fantasía pura ideal para los románticos del género que sólo buscan algo de diversión. 



La guerra de las salamandras fue una sorpresa total. El sugerente título me engañó, y así descubrí esta amarga sátira del colonialismo y la esclavitud. Las consecuencias sociales y culturales de la cosificación del individuo, con sus jerarquías y razas, en aras del mercantilismo, nunca se expusieron con tanta lucidez. Obra imprescindible. 


jueves, 6 de octubre de 2022

El diablo estaba enfermo (Bruce Elliot - Cuento completo)


Habían transcurrido evos desde que un paciente violento de verdad atravesó por la fuerza el umbral del Asilo de Cuerdos. Había pasado tanto tiempo, que el ojo del observador ya no se detenía para leer las palabras fundidas en el duradero cristometal que figuraba en la entrada. Antaño un desafío a lo desconocido, el tiempo las había convertido en una frase típica: "Un malvado no es más que un héroe enfermo". La autenticidad de tal divisa era probada, ya no merecía consideración. Pero las palabras permanecieron allí hasta el día en el que Acleptos tomó el cincel para cambiar dos de ellas.
Todo comenzó porque hallar un tema inédito para una tesis se había hecho más difícil que graduarse. Acleptos descubrió, después de ardua investigación, tres temas que creyó podrían ser aceptados por la Máquina como originales.
Tragó saliva al presentar la lista al ojo omnisciente del computador. Decía: 

Sedimento activado y qué hacían los antiguos con él. La Caída de la democracia y por qué se produjo. Diablos, demonios y demonología.

La Máquina contestó casi al punto: 
-En el año 4357 Jac Bard escribió la última palabra sobre sedimento activado. Doscientos años más tarde el último elemento desconocido con relación a la caída de la democracia fue analizado detalladamente por el historiador Hermios.
Hubo una breve pausa. Acleptos contuvo la respiración. Si el último había sido ya estudiado, necesitaría otros veinte años de trabajo para hallar más posibles temas. La Máquina respondió: 
-Hay dos aspectos de los demonios que hasta ahora nadie me ha propuesto. Consiste en si son reales o imaginarios, y si son reales, lo qué son. Si son imaginarios, cómo se producen. 


Acleptos sintió que su interior se inundaba de una nueva vida y esperanza. Enderezó sus hombros y se alejó de la Máquina. Por fin, después de tantos años tenía una oportunidad. Por supuesto -y el pensamiento le hizo dudar-, por supuesto, era probable que no consiguiera arrojar nueva luz sobre tal problema. Pero ya disponía de algo con qué trabajar. Los años pasados en las enormes bibliotecas, y todo el trabajo efectuado en casi todos los campos del saber humano, habían producido al fin algún resultado.
Una década atrás, la última vez que presentó una lista a la Máquina, había creído encontrar un tema cuando descubrió referencias, en la sala de documentos antiguos, sobre alguien conocido bajo el nombre de Dios. Lo que le había llamado la atención había sido la letra "D" mayúscula aplicada al nombre. Pero la Máquina le había proporcionado una gran cantidad de detalles sobre aquel tema, terminando con un texto escrito hacía unos mil años y en el que se demostraba la inexistencia de tal ser. Esta tesis, así creía la Máquina, había acabado con todas las futuras especulaciones sobre el tema.
Por simple curiosidad, Acleptos había comprobado la referencia y se mostró conforme como siempre, con el dictamen de la Máquina.
Había sido en verdad un golpe de genio pensar en la antítesis de Dios, decidió Acleptos sonriendo para sí. Ahora podría seguir adelante. Realizaría sus investigaciones, se graduaría, y entonces ya no habría nada que le detuviese. Podría abandonar la Tierra y dar su próximo paso. Echó la cabeza hacia atrás para contemplar las estrellas. Aquel era el camino a seguir. Se permanecía atado a la Tierra hasta efectuar alguna investigación original, pero una vez terminada el derecho autorizaba emigrar adonde se quisiera.
Había un planeta más allá de Alfa y Centauro, que ella había elegido. Y le había prometido esperarle por mucho tiempo que pasara. Acleptos nunca se sintió tan deprimido en su vida como el día que la Máquina aprobó la tesis de ella. Durante largo tiempo tuvo la impresión de haberla perdido para siempre. Pero ahora los años ya no parecían interminables. Su investigación había dado resultado.

Ella.

Silbando alegremente penetró en el archivo y comenzó a trabajar. Oprimiendo el botón que mostraba las letras d-i-a y d-e-m-o, esperó a que el intrincado sistema de relés ejecutase su función. Con un suave zumbido resbalaron por el tubo neumático los carretes adecuados.
Tres semanas más tarde decidió que poseía más conocimientos sobre diablos, demonios, y otras bestias de piernas largas que vagan durante la noche, que cualquier otro habitante de la Tierra. Acleptos movió la cabeza pensativo. ¡Pensar que el hombre había descendido tan bajo como para creer en tales cosas!
Se vio obligado a trabajar horas extraordinarias en la máquina de traducir. Todo cuanto había encontrado estaba escrito en latín. ¡Y pensar, también, que durante todos sus años de estudio jamás había oído hablar de aquella lengua!
¡Qué basura! Acleptos se indignaba al descubrir la existencia de una época en la que el homo sapiens había creído en tales tonterías. Increíble, pero aquello ocurrió muchísimos años antes.
Se encogió de hombros. Llegó el momento de ponerse a trabajar sobre el problema básico. 


Su más íntimo amigo, Ttom, entró en el laboratorio de investigación. Ni siquiera le había hecho una visita. ¡Ni tampoco le había comunicado su éxito!
-¿Qué?
Ttom examinó de una ojeada la impecable estancia verde. Sobre la mesa de cristal, un cocodrilo disecado le miraba fijamente. Descansando contra su escamosa piel había vasijas de vidrio de diferentes formas y rodeaban al saurio cajas, bandejas con polvillo. Sobre la pared una máquina del tiempo anunció:
-Esta noche habrá luna llena, y...
 Acleptos la apagó.
-¡Llegas oportunamente! -exclamó con alegría.
-¿Para qué?
Tras esta pregunta el rostro de Ttom se sonrojó como el de un niño y exclamó a continuación:
-¡Lo has conseguido! ¡Has encontrado un tema! ¡Acleptos, me alegro tanto!
-Gracias.
Y acto seguido Acleptos se vio obligado a preguntar a su vez:
-¿Y tú?
-Todavía nada.
Pero Ttom se sentía demasiado contento por el éxito de su amigo que volvió a preguntar:
-¿Y se puede saber qué has encontrado?
-Diablos y demonios -respondió Acleptos, iniciando de nuevo la mezcla de unos cuantos polvos.
-¿Qué es eso?
-Una superstición primitiva. Mi trabajo consiste en averiguar si fueron reales o sólo una palabra para designar a los malvados o enfermos, o lo que los antiguos denominaban con estas palabras.
-¿Cómo piensas hacerlo? ¿Qué son todas esas cosas que tienes ahí? -preguntó Ttom, señalando los objetos que había sobre la mesa.
-Voy a seguir las fórmulas anotadas en unos viejos manuscritos y observar qué sucede.
Acleptos había trabajado mucho para reunir todos los extraños objetos que el manuscrito mencionaba. Y miró hacia la mesa y vio que tenía cuanto necesitaba. Aquella misma noche, con la luna llena. 
-Muchos elementos intervienen en el proceso de conjurar demonios. Si quieres esperar, quizá lo encuentres interesante.
-Naturalmente. No tengo nada que hacer. Pensé que había tropezado con algo nuevo, y lo de siempre, alguien se me había adelantado ya. Acleptos, ¿qué sucederá cuando ya no queden más campos de saber humano, cuando no haya temas que tratar, ni nada sobre lo que escribir?
-¡Yo me hacía esa misma pregunta hasta que descubrí a los demonios! Pero creo que eso tardará en ocurrir y que la Máquina habrá tomado ya sus medidas.
-Estoy empezando a creer que ya ha llegado el momento. Acleptos, ¡eres el único que ha encontrado un tema en cinco años!
Y al pronunciar estas últimas palabras, Ttom trató de esconder una nota de amargura.
-Sé lo que diría la Máquina, Ttom -le respondió Acleptos-. Diría que si yo he descubierto un tema también puedes hacerlo tú.
Al tiempo que hablaba, Acleptos vertió un líquido rojo en una probeta y luego añadió cierta cantidad de polvillo violeta.
Ttom gruñó:
-Supongo que tienes razón. Sin embargo, olvidemos mis problemas. ¿Qué sucede ahora?
-Nada hasta la medianoche. Cuando la luna esté llena, pronunciaré ciertas palabras, encenderé estas cosas que hay aquí -en el manuscrito las llaman velas- y aguardaré la aparición de un diablo o un demonio.
Ambos se echaron a reír.
A medianoche, todavía sonriente, Ttom, tomó asiento al borde de un dibujo peculiar que Acleptos había trazado en el suelo. Se llamaba pentáculo. Acleptos había colocado una vela negra en cada uno de sus ángulos. También había quemado ciertos productos químicos, pronunciando unas frases que Ttom ni siquiera trató de entender.
Al principio fue divertido. A medida que pasaba el tiempo, los dos hombres se impacientaron. Nada sucedía. Acleptos dejó de pronunciar sus extrañas frases y dijo:
-Bien, ya conozco la respuesta a la primera pregunta de la Máquina. Los demonios son imaginarios y no reales.
Y entonces fue cuando sucedió.
Se extendió por la estancia un olor mucho más intenso que el de los productos químicos. Luego se produjo una especie de gris luminosidad cerca del dibujo trazado en el suelo.
Acleptos gritó:
-¡Ttom, lo olvidé! Los antiguos libros dicen que es preciso permanecer dentro del pentáculo para protegerse de lo que sea.
Poniéndose en pie de un salto, Ttom se acercó precipitadamente al pentáculo. Pero antes de lograrlo, la cosa se había hecho ya sólida. Alzó sus cerrados párpados y cuando sus ojos se fijaron en él, vio tanta malevolencia concentrada en aquella mirada que Ttom sintió algo que jamás había experimentado antes. Sólo gracias a sus numerosas y variadas lecturas supo que tal sensación se denominaba antiguamente miedo.
La cosa dijo:
-Por fin.


Hasta su voz era enervante. Acleptos estaba aturdido. Había realizado el experimento porque era el sistema lógico de investigación, pero nunca imaginó que tal experimento llegase a tener éxito.
La cosa se frotó unos extraños dedos que mostraban muchas falanges, y dijo:
-Miles de años esperando en la oscuridad la llamada que nunca llegaba. Al principio creí que Él había vencido, pero entonces yo habría dejado de existir.
Encogió sus escamosos hombros y abrió más los ojos rojizos. Eran fascinantes. Las extrañas pupilas cambiaban constantemente de color. Miró primero a Acleptos y luego a Ttom y dijo:
-Así que nada ha cambiado. Los adeptos y el sacrificio, como siempre -La cosa cloqueó en un terrible estertor. Luego añadió mirando a Acleptos-: ¿Qué recompensa deseas a cambio?
La cosa no esperó respuesta. Volvió a frotarse los largos dedos. El sonido resultante fue lo único que se oyó en la estancia. La cosa miró a Acleptos y dijo:
-Ya veo, nada ha cambiado. Una mujer. Muy bien, aquí está.
La cosa hizo una serie de gestos en el aire y antes de que Acleptos pudiese aclarar la garganta para negar, ella ya estaba allí. Parecía atemorizada. Sus cabellos eran lo más hermoso que Acleptos hubiese visto en su vida. Y también su cuerpo. Estaba desnuda, como él había imaginado, puesto que el planeta elegido por ella era cálido. Pero no había vergüenza en su actitud, sólo temor.
-¡Envíala de nuevo allí! ¿Cómo te atreves a arrastrarla por el espacio interestelar? ¡Estúpido! ¡Podías haberla matado!
Acleptos ya no temía la cosa. El único pánico que experimentaba era por su amada.


La mujer desapareció con la misma rapidez que se había presentado. La cosa gruñó:
-No sabía que la amabas. Creí que era únicamente el sexo lo que deseabas. ¿Acaso quieres oro? Todos codician oro.
Y una vez más hizo extraños gestos en el aire.
Acleptos comprendió que la situación se estaba haciendo ridícula. Aclaró la garganta y dijo:
-¡Basta!
La cosa se detuvo en su trabajo, y de ser capaz de exteriorizar alguna emoción, ésta habría sido la sorpresa. Luego preguntó:
-¿Ahora qué? ¿Cómo conseguiré oro para ti si me interrumpes?
Acleptos estaba indignado. La indignación al igual que el temor que la había precedido, era una nueva emoción para él. Respondió:
-No te muevas. Soy el amo y tú el esclavo.
Aquellas palabras estaban en las indicaciones que había leído. Ignoraba el significado de ambas palabras, pero el libro ponía mucho énfasis en ellas.
La cosa mantuvo inmóvil su cabeza, pero sus ojos observaron con deseo el cuerpo de Ttom.
Dominando su nueva emoción, Acleptos dijo:
-No pareces comprender. No deseo oro.
Ttom dijo:
-Recuerdo esa palabra en mis lecturas. Los antiguos solían cambiarlo por plomo o por algún metal valioso que fuera parecido.
Acleptos prosiguió:
-Y, desde luego, no quiero que ella regrese de Alfa Centauro.
-¡Poder! -exclamó la cosa sonriendo-. Eso nunca falla. Cuando son demasiado viejos para el sexo y demasiado ricos para el oro, siempre desean poder.
Y sus manos comenzaron a moverse nuevamente.
-¡Alto! -gritó Acleptos por primera vez en su vida. La cosa se paralizó.
Acleptos indicó:
-No hagas eso otra vez. ¡Me molesta! No quiero poder y no me digas lo que es porque no me interesa. Ahora, no te muevas de ahí y contesta algunas preguntas.
La cosa pareció encogerse un poco, y preguntó casi con timidez:
-Pero, ¿para qué me has llamado? Si no quieres nada de mí, tampoco puedo aceptar nada de ti.
La cosa abrió los ojos y los clavó en Ttom, mientras con la punta de la lengua humedecía sus escamosos labios.
-Quiero alguna información. ¿Cuánto tiempo viven los demonios?
-¿Vivir? Siempre, por supuesto.
-¿Y cuál es su función?
-Tentar al hombre para apartarle de la senda del bien.
Las palabras surgían velozmente de labios de la cosa, pero Acleptos no acababa de entenderlas del todo. Sin embargo, quedaban grabadas para volver a escucharlas más tarde y darles algún sentido.
-¿Por qué desean hacer eso? -interrogó Acleptos.
El demonio le miró como si dudase de su estado mental. Respondió:
-Para que el hombre disponga libremente de su voluntad, desde luego. Debe escoger entre el bien y el mal.
-¿Qué significan esas palabras, el bien y el mal?
El demonio tomó asiento sobre sus talones sin prestar la menor atención a las espuelas que se hundían en sus propias posaderas. Volvió a contestar:
-Todos estos años sentado en la oscuridad, y que ahora me llamen para esto -Agitó la cabeza y de pronto pareció adoptar una especie de decisión. Se puso en pie y luego, se lanzó sobre Ttom.
Acleptos alzó el arma especial y oprimió el botón. La extraña criatura se paralizó de modo instantáneo para caer al suelo boca abajo.
Ttom tragó saliva y dijo:
-Creí que nunca ibas a usarla. Llamaré al Asilo de Cuerdos para que se lleven a esta pobre criatura enferma.
Asintiendo con un movimiento de cabeza, Acleptos dijo:
-Esto es mucho más interesante de lo que había supuesto.
Luego tomó asiento, pensativo, hasta que llegó el ambu-bus. Era la primera llamada urgente que el Asilo recibía desde hacía un siglo, pero los dispositivos funcionaron perfectamente.
Ttom y Acleptos observaron cómo los robots recogían a la cosa y la alzaban en sus brazos de metal. Después les siguieron hasta que colocaron la cosa en el ambu-bus, que partió velozmente hacia el Asilo.
A medio camino, Acleptos habló por primera vez:
-¿Te das cuenta de la ironía que hay en todo esto? -preguntó.
-¿A qué te refieres?
Ttom todavía contemplaba a la cosa, que yacía como si estuviese muerta.
-Los diablos, ¿te das cuenta de lo que son? No son más que seres con otra dimensión. De alguna manera, en alguna época, un ser humano, en épocas muy remotas, utilizó las matemáticas, para superar la barrera de las dimensiones. Sin saber qué hacía, envuelto en plena superstición, pensó que los sortilegios constituían una llamada, cuando el dibujo, el calor de las velas y las palabras misteriosas, se combinan en una clave que abría esa otra dimensión.
-Bien, parece razonable. ¿Dónde está la ironía? -Acleptos parecía a punto de llorar. Respondió:
-¿No comprendes? La humanidad luchaba por salir de las tinieblas, cuando siempre sus hermanos ignorados e inmortales podían conquistar el espacio simplemente colocando sus manos en el punto preciso. El hombre, ciego por sus creencias supersticiosas, fue incapaz de aprender nada de estos "diablos". Pero la peor ironía es que los "diablos" no podían ayudar al hombre porque eran deficientes mentales.
Ttom asintió con un movimiento de cabeza.
-Una raza casi imbécil y de talento increíble vivía cerca de nosotros y nunca lo supimos. La Máquina tiene razón. Tenemos mucho que aprender. Me equivocaba cuando dije que todo era ya conocido.
Tal vez el arma usada no se hallaba a punto o el diablo poseía formidables poderes de recuperación, pero el caso es que al apearse del ambu-bus la extraña criatura despertó. Empezó a gritar, cuando los robots intentaron que traspasase el umbral del Asilo de Cuerdos.
Se debatió de tal manera que incluso las cintas de metal que animaban a los robots se tensaron. Acleptos vio como las manos de la criatura comenzaban a moverse como antes.
Gritó a los androides que le retenían:
-¡Sujeten sus manos!
Las manos metálicas se plegaron sobre los largos dedos que se retorcían y la cosa dejó de luchar. Se abrió una puerta y uno de los doctores le dirigió hacia ellos. Dijo:
-¿Qué es eso?
Mientras Acleptos se lo explicaba, Ttom pasó un dedo suavemente sobre las palabras que formaban la divisa de la puerta. Veía las palabras, sus dedos las sentían, pero las había visto demasiadas veces. No quedaron grabadas en su mente.
Cuando Acleptos terminó, el doctor dijo:
-Entiendo. Bien, lo arreglaremos inmediatamente. ¡Será curioso hacer recuperar el sentido común a otra criatura dimensional!
 Acleptos preguntó:
-¿Cree usted que está enfermo o que se trata de un estúpido?
El doctor sonrió.
-Enfermo. Estoy seguro. Ningún ser sano se hubiese comportado de ese modo. ¿Le gustaría verlo?
-Desde luego. Siento un gran interés -Acleptos tomó por un brazo a Ttom y añadió:
-Imagínate, si logramos curarle, significará la comunicación con toda una raza de criaturas. ¿No es maravilloso?
-Acleptos -murmuró Ttom con tono preocupado-, hay algo que no hemos tenido en cuenta. En todas mis lecturas, en todos los datos de que disponemos sobre el universo y sus extrañas criaturas, nunca hallé nada referente a la inmortalidad. ¿Has pensado en esto?
-Naturalmente, pero eso es otra prueba de la razón que tiene la Máquina al asegurar que no lo conocemos todo. ¡Es tan emocionante! Me cuesta trabajo esperar a contárselo. ¿No será una sorpresa para ella saber que no fue un sueño su presencia en mi laboratorio, sino que realmente estuvo allí, atravesando el espacio y el tiempo junto a una criatura enferma que ha vivido siempre?
En la sala de operaciones no había escalpelos, esponjas, ni grapas. El doctor extendió a la cosa sobre la mesa. Los androides la sostuvieron por las manos.
El doctor tomó un instrumento. Una luz intermitente surgió de sus lentes en forma de S. El doctor bañó la cosa con la luz y luego dijo:
-Sólo será un momento. Es decir, si da resultado. De lo contrario habrá que tomar otras muchas medidas.
Súbitamente su voz se quebró. Acleptos retrocedió de la mesa hasta que su espalda tocó la pared. Ttom abrió la boca, asombrado. Únicamente los robots permanecieron impasibles.
Pues la cosa estaba cambiando. En los lugares donde llegaba la luz caían las escamas.
El doctor ordenó a los robots:
-¡Déjenlo libre!
Al hacerlo así la criatura se alzó en todo su esplendor. Una luz dorada iluminaba su dulce rostro. Se acercó hasta la ventana y la sonrisa que esbozaron sus labios era como una despedida. Subió un momento al alféizar y se detuvo unos segundos antes de extender unas enormes alas blancas.
Luego murmuró:
-Pax vobiscum.
Las alas se agitaron y se fue, envuelto en serenidad.
Ésa fue la razón de que Acleptos cambiara las palabras de la divisa que campeaba en la entrada del Asilo de Cuerdos. Ahora decían: 

Un diablo no es más que un ángel enfermo.
 
La Máquina se ha detenido, por supuesto. Su razón de ser y su fuerza era la infalibilidad. Y estaba equivocada sobre la tesis relativa a la existencia de Dios con una D mayúscula.


jueves, 2 de junio de 2022

Títulos llamativos en la ciencia ficción: Una historia personal


¿Qué tan poderoso es un título sugerente? ¿Cuántos han leído un libro por el simple hecho de que su título llama la atención? Aunque parezca algo menor, no lo es; muchas veces el nombre de un libro determina su elección como lectura... Y muchas veces esa lectura resulta desconcertante o desilusionante. En mi caso particular, la ciencia ficción es el género literario del que más relatos he leído atraída por un título. 
Siempre me ha gustado la ciencia ficción. Un tipo de ciencia ficción. La TV fue el medio que me dio a conocer el género a principios de los años 90. Enseguida vino la literatura. Enciclopedias y revistas mencionaban novelas por entonces inaccesibles para mí; novelas cuyos nombres echaron a volar mi imaginación. Títulos como La guerra de las salamandras, Neuromante, Crónicas marcianas, Fundación, Los últimos y primeros hombres, Los reyes de las estrellasLa violación del tiempo, llegaron casi a obsesionarme. Por años soñé con ellos, fantaseando ampliamente sobre sus argumentos y ambientación. Los busqué y rebusqué hasta encontrarlos. 
Crónicas marcianas (Ray Bradbury) fue uno de los primeros libro que leí por el título. ¿Unas crónicas marcianas? ¿Contadas por quién? Tras conocer el cuento El contribuyente, fui por todo el libro. La belleza mística de su Marte imposible golpeó mi corazón. Lo amé. Lo amé con locura. 
La guerra de las salamandras (Carel Capek) fue un caso distinto. La palabra ''salamandra'' me hacía pensar en una raza alienígena de aspecto ratonil, y unida a ''guerra'', creaba en mi mente algo parecido a una épica espacial saturada de naves estelares y coloridos rayos destructores. Cuando por fin pude leer la novela, quedé pasmada: Era completamente diferente a lo imaginado. En lugar de una space opera baladí, me encontré con una ácida y tajante sátira del colonialismo europeo. Es quizá la novela de ciencia ficción que mejor me ha sorprendido, pero no la única. Continué leyendo y sorprendiéndome de lo poco, casi nada, que esas historias semejaban lo que sus títulos me hacían ensoñar. Comprendí que mi visión del género estaba errada, era una fantasía personal. Mas seguí leyendo.
El libro físico, el libro tangible y real, siempre ha sido mi primero opción. Crónicas marcianas y La guerra de las salamandras las leí en papel. Lamentablemente muchas obras son casi imposibles de conseguir en tan excelente formato. En ocasiones porque su precio es exorbitante, pero más comúnmente porque no se han reeditado. Así que a partir del año 2015 comencé a buscar en Internet los libros que deseaba leer. Hoy poseo una verdadera biblioteca virtual que incluye mucha ciencia ficción. De algunos relatos conocía sólo el título, otros los descubrí buscando los anteriores. Los títulos llamativos siguen seduciéndome, especialmente si el libro fue escrito en el siglo XX. Los resultados han sido dispares: La serie de Fundación (Isaac Asimov), sorprendente y formidable; Neuromante (William Gibson), simplona y aburrida, aunque a ratos impresionante; Los reyes de las estrellas (Edmond Hamilton), sencilla, divertida y dulcemente anticuada…
En conclusión, mi experiencia con la literatura de ciencia ficción ha sido desigual. Descubrí historias maravillosas e imaginativas, pero también una buena cantidad de basura. Conocí autores de los que jamás había oído, y deseché a otros muy mencionados. Por sobre todo, aprendí a no dejarme llevar a una lectura sólo por un nombre atractivo, aunque hay títulos que, incluso habiéndome decepcionado, continúan suscitando ensoñaciones en mí. Soñar es algo que no puedo evitar.

Acá otros títulos de ciencia ficción que hicieron exaltar mi alguna vez fértil imaginación:
La fábrica de absoluto (Carel Capek)
R.U.R. (Carel Capek)
La legión del tiempo (Jack Williamson)
Mercaderes del espacio (C.M. Kornbluth y Frederik Pohl)
La muerte de la tierra (J.H. Rosny)
El fin de la eternidad (Isaac Asimov)
Hacedor de estrellas (Olaf Stapledon)
Galaxias como granos de arena (Brian W. Aldiss)
Más que humano (Theodore Sturgeon)
Ataque desde la cuarta dimensión (Murray Leinster)
La última ciudadela de la tierra (Henry Kuttner y Catherine L. Moore)
Las mónadas urbanas (Clifford D. Simak)
Estación de tránsito (Clifford D. Simak)
Las ciudades de Ardathia (Francis Flagg)
Slan (E.A. van Vogt)
Las armerías de Isher (E.A. van Vogt)


jueves, 10 de marzo de 2022

La Eva futura (Auguste Villiers L’Isle-Adam)


Publicada en 1886, La Eva futura es la obra más famosa de Auguste Villiars L’Isle-Adam y también la más incomprendida. Catalogada como una novela fundacional de la ciencia-ficción, en realidad es un ensayo filosófico sobre diversos temas de interés para el autor: Las relaciones de pareja, el lugar social de la mujer, el culto a las apariencias... Pero principalmente es una advertencia contra los malos usos de la ciencia y el progreso técnico, y una crítica despiadada a la jerga usada por los científicos de la época.

Resumen
El gran inventor Thomas Edison, conocido como ''El brujo de Menlo Park'', recibe la visita de su joven amigo Lord Ewald, último de una vieja estirpe que tiene por norma inquebrantable el enamorarse sólo una vez en la vida. Lord Ewald ha acudido a despedirse de Edison antes de suicidarse, pues cometió el error de enamorarse de Alice Clary, una actriz tan bella como tonta y superficial, y esto lo tiene completamente abatido. Edison se ofrece a solucionar el problema del Lord dando la apariencia de Alice a Hadaly, una autómata prodigiosa fruto de su trabajo, y dotada de todas las cualidades deseadas por el hombre culto y sensible.
Lord Ewald se muestra reticente a compartir su vida con una autómata, pero Edison insiste en que un ingenio creado en laboratorio es tan real como un ser humano si puede representar lo que las ideas sociales y culturales consideran como un hombre o una mujer. Para convencerlo le cuenta la historia de cómo un amigo suyo fue seducido por una bella prostituta que lo apartó de su familia y acabó llevándolo a la muerte, muriendo ella misma poco después. Edison muestra a Lord Ewald los cosméticos, pelucas y rellenos con que la prostituta aparentaba la belleza que sedujo y destruyó a un hombre hasta entonces íntegro, demostrando así que las apariencias pueden convertirse en realidad. 
Lord Ewald se deja convencer por Edison, y éste le explica el funcionamiento de Hadaly. También le cuenta que la viuda de su amigo comenzó a padecer una especie de estado letárgico durante el cual un espíritu femenino de origen desconocido tomaba posesión de su cuerpo. Al final el espíritu acabó apoderándose definitivamente del cuerpo de la desdichada viuda. Lo que Edison no revela es que el espíritu pasa del cuerpo de la viuda (convertida en su ayudante) a la autómata por su libre voluntad y sin razón aparente.
Ya realizado el trabajo de convertir a Hadaly en la señorita Clary, Edison despide al Lord, que aborda un barco de regreso a su patria llevando consigo a la autómata. Entonces se desata la tragedia.

El resumen de la historia lleva a engaños respecto a su duración. En realidad la historia no ocupa más que una décima parte de la obra total, lo demás se divide entre capítulos completos dedicados a exponer complejas teorías filosóficas y morales, y otros que explican de modo exasperante el funcionamiento de las distintas partes de la autómata.
La historia misma no consigue calar en el lector, pues se alarga como un fondo a todos esos discursos, haciendo perder interés en ella.
Los personajes son planos y, a excepción de Edison, se sienten falsos y rebuscados.
Las teorías filosóficas expuestas por el autor son realmente interesantes, pero no lo que se espera encontrar en una obra catalogada como novela de ciencia-ficción, así que terminan haciéndose pesadas.
Los capítulos dedicados al funcionamiento de Hadaly son los peores. Terminé leyéndolos tan rápido como me fue posible.
Para la ciencia-ficción actual la obra conserva un valor casi arqueológico. En ella se introduce el término ''androide'' (o más bien ''andreida''), retomado por otros escritores y trasladado luego al cine.

La supuesta base de Metrópolis
Muchas personas (yo misma entre ellas) se han acercado a La Eva futura por su supuesta vinculación con la mítica película Metrópolis (1927). Puedo asegurarles que la única relación entre estas obras es que ambas tienen una androide, pues Metrópolis es más compleja, hermosa y romántica que La Eva futura. Es muy posible que Thea von Harbou leyera La Eva futura,  pero su novela Metrópolis, lanzada por entregas durante el proceso de producción del filme, es una obra que mezcla religión, magia y ciencia-ficción de un modo bastante certero y fácil de comprender y aceptar. La Hadaly de La Eva futura, pese a toda la palabrería de Edison, no pasa de ser una muñeca sexual hecha según el gusto infantil de su dueño, un hombre supuestamente sensible y educado, pero incapaz de aceptar que la mujer amada (si a eso se le puede llamar amor) también es una persona, y como tal puede tener ideas y valores propios diferentes de los suyos. La androide de Metrópolis posee una relativa capacidad de pensamiento propio, pero lo usa de forma contundente.
El asunto del vínculo entre La Eva futura y Metrópolis proviene de un error causado por los estadounidenses. Durante años las únicas versiones existentes de Metrópolis fueron copias del horrendo montaje americano, que recortó la película, cambió su significado y rebautizó a los personajes. La androide, sin nombre en la versión original, pasó a llamarse Futura, y así fue conocida por muchos espectadores hispano-hablantes.
Pero considerar por lo anterior que La Eva futura es el origen de Metrópolis, es tan absurdo como considerar ligadas Jane Ayre y Otra vuelta de tuerca porque en ambas la protagonista es una institutriz sirviendo en una mansión. 

Lo mejor: El lenguaje y el devastador desenlace.
Lo peor: La historia, la ambientación, los personajes planos. Mucho.
Conclusión: Mala y aburrida como novela; más que interesante como ensayo.

jueves, 2 de diciembre de 2021

Treinta días tenía septiembre (Robert F. Young - Cuento completo)


En un mundo donde la belleza, la sensibilidad y la empatía han sido desterradas para dar paso al más vulgar mercantilismo; un mundo donde la educación importa menos que la compra de un automóvil y donde sólo pagando se puede conseguir un simulacro de atención, un hombre disconforme descubre restos de belleza y humanidad en un obsoleto modelo de robot-profesora: De súbito, un sentimiento de paz lo envolvió. Los dulces y suaves días de septiembre desfilaron otra vez ante su mirada, y comprendió porqué eran distintos a los demás días. Eran diferentes porque tenían profundidad, belleza y quietud; porque sus cielos azules contenían promesas de días más dulces y suaves por venir. Eran diferentes porque tenían significado.
Pero no hay marcha atrás: Estamos viviendo en un mundo despreciable y en un mundo despreciable las cosas preciosas son inútiles, sentencia Danby al comprender que los viejos días en que se podía soñar han muerto para siempre.
El desenlace no puede ser menos amargo. El trabajo extra que consigue Danby hoy nos parece sólo digno de perdedores o desesperados, sin embargo, como el mismo Danby razona: cuando se necesitaba algo con urgencia había que tomarlo sea como fuese y dar, además, las gracias.
Uno de los relatos más bellos legados por la ciencia ficción clásica; bajo su aparente simpleza esconde una profunda amargura y una más apabullante verdad. También es un ejemplo de cómo decir mucho en pocas líneas. Imprescindible.


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El letrero en el escaparate decía:
 
Maestra de Escuela en Venta
Baratísima
 
Y en letras más pequeñas:
 
Puede cocinar, coser y sabe desenvolverse en el hogar
 
Al verla, Danby pensó en pupitres, borradores y hojas de otoño; en libros, sueños y risas. El dueño de aquel pequeño almacén de segunda mano la había ataviado con un vestido de alegres colores y unas minúsculas sandalias rojas. Permanecía en una caja, colocada en posición vertical en el escaparate, igual que una muñeca de tamaño natural, esperando que alguien la volviese a la vida.
Danby intentó descender de la calle hacia el estacionamiento donde tenía su Baby Buick. Probablemente, Laura tenía ya una cena automatizada dispuesta en la mesa y se pondría furiosa si llegaba tarde. Sin embargo, continuó donde se hallaba, alto y delgado, con su juventud aún cercana, refugiada en sus pardos y ávidos ojos, mostrándose débilmente en la suavidad de sus mejillas.
Su inercia lo molestó. Había pasado mil veces junto al almacén en su camino desde el estacionamiento a la oficina y viceversa, pero aquella era la primera vez que se detuvo para mirar el escaparate.
Pero..., ¿no era ésta la primera vez que el escaparate exhibía algo que le interesara?
Danby intentó afrontar la pregunta. ¿Le interesaba una maestra de escuela? No mucho. Sin embargo, Laura precisaba de alguien que le ayudase en las faenas domésticas, mientras no pudieran hacer frente al gasto de una criada automática y Billy, sin duda, sacaría provecho de algunas lecciones particulares, además de la televisión, ahora que se aproximaban los exámenes más difíciles.
Su cabello lo hizo pensar en la luz del sol de septiembre, y su rostro en un día de septiembre. Una neblina otoñal lo envolvió y, de súbito, su inercia lo abandonó por completo y empezó a caminar, pero no en la dirección que antes pensó.
—¿Cuánto vale la maestra de escuela del escaparate? —preguntó.
Antigüedades de toda clase se hallaban esparcidas por el interior del almacén. El dueño era un hombre viejo y menudo, con espeso cabello blanco y ojos de color del pan de jengibre. También tenía aspecto de antigüedad.
—¿Le gusta, señor? Es muy hermosa —fulguró ante la pregunta de Danby.
 Danby se sonrojó.
—¿Cuánto? —repitió.
—Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos, más cinco dólares por la caja.
Danby apenas podía creerlo. Ante la escasez de maestras, lo lógico sería que el precio aumentara y no disminuyera. Un año antes, cuando pensó comprar una maestra de tercer grado reconstruida para que ayudase a Billy en su trabajo teleescolar, el precio más bajo que pudo encontrar sobrepasó los cien dólares. Sin embargo, la habría comprado de no haberle disuadido Laura. Su mujer nunca fue a una verdadera escuela y no lo comprendía.
¡Pero cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¡Y también podía cocinar y coser! Seguro que Laura no tendría inconveniente. No lo habría, desde luego, a menos que él le diese oportunidad.
—¿Está... está en buen estado?
El rostro del dueño se oscureció.
—Ha sido completamente restaurada, señor. Nuevas baterías, nuevos motores. Sus cintas magnetofónicas pueden funcionar aún otros diez años y sus memorizadores, probablemente, durarán para siempre. Pase por aquí. La entraré y se la mostraré.
La caja estaba montada sobre ruedas, pero resultaba difícil de manejar.  Danby ayudó al viejo a empujarla fuera del escaparate y dentro del almacén. Permanecieron junto a la puerta, donde la luz era más clara.
El viejo retrocedió admirativamente.
—Quizás soy anticuado —dijo—, pero aún creo que los telemaestros jamás podrán compararse con los de verdad. Usted fue a una verdadera escuela, ¿no es cierto, señor?
Danby efectuó un gesto afirmativo.
—Lo pensé. Es curioso que nunca deje de advertirse.
—Póngala en funcionamiento, por favor —rogó Danby.
El activador era un pequeño botón, oculto detrás del lóbulo de la oreja izquierda. El dueño buscó a tientas durante un momento antes de encontrarlo; luego se escuchó un pequeño «clic», seguido de un suave y casi inaudible ronroneo. Al punto, el rubor se insinuó en sus mejillas, el pecho comenzó a elevarse y descender, los azules ojos se abrieron.
Las uñas de Danby se clavaron en las palmas de sus manos.
—Hágala decir algo.
—Puede responder casi todo, señor —afirmó el viejo—. Palabras, escenas, situaciones... Si decide tomarla y no queda satisfecho, devuélvala y tendré sumo gusto en restituirle su dinero. —Se colocó frente a la caja—. ¿Cuál es su nombre? —preguntó a la maestra.
—Señorita Jones. —Su voz era una brisa de septiembre.
—¿Su ocupación?
—Soy maestra de cuarto grado, señor, pero puedo desempeñar además los grados primero, segundo, tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, y tengo amplia formación humanística. Soy también hábil en las tareas domésticas, buena cocinera y puedo efectuar trabajos sencillos, tales como coser botones, zurcir calcetines, remendar descosidos y rasgaduras en la ropa.
—Pusieron muchos alicientes a los últimos modelos —explicó el viejo a  Danby—. Cuando al fin comprendieron que la teleeducación se implantaría, empezaron a hacer todo lo posible para derrotar a las compañías de cereales. Pero no lograron nada... Salga fuera de su caja, señorita Jones. Muéstrenos lo bien que sabe caminar.
Cruzó la pardusca habitación, con sus pequeñas sandalias rojas que centelleaban sobre el polvoriento suelo, con su vestido que era como un alegre chaparrón de colores. Permaneció en espera junto a la puerta.
A Danby se le hizo difícil hablar.
—Perfectamente —dijo por fin—. Póngala de nuevo en su caja; me la llevo.


—¿Algo para mí, papito? —gritó Billy—. ¿Algo para mí?
—Claro —confirmó Danby mientras empujaba la caja por el sendero de acceso para levantarla sobre el diminuto porche de entrada—. Y también para tu madre.
—Esperemos que valga la pena —cortó Laura, con los brazos cruzados en la puerta—. La cena está como una piedra.
—Puedes calentarla —repuso Danby—. ¡Mira, Billy!
Levantó la caja sobre el umbral, respirando con alguna dificultad, y la hizo entrar por el corto vestíbulo hasta la sala de estar. Ésta se hallaba invadida por un joven con chaqueta de color rosa que se había invitado a sí mismo a través de la pantalla de 120 pulgadas, desde donde se proclamaba ruidosamente la superioridad del nuevo Lincolnette 2061 convertible.
—¡Ten cuidado con la alfombra! —advirtió Laura.
—No te preocupes, no estropearé tu alfombra —aseguró Danby—. ¿Querría alguien, por favor, apagar la televisión para que tengamos un momento de tranquilidad?
—Yo la apagaré, papito. —Con sus zancadas de niño de nueve años, Billy cruzó la habitación y silenció al joven de la chaqueta rosa.
Danby hurgó en la cubierta de la caja, notando la respiración de Laura sobre la parte posterior de su cuello.
—¡Una maestra de escuela! —silbó la mujer con voz entrecortada al descubrir el contenido—. ¡Con todas las cosas que un hombre adulto podría traer al hogar para su esposa y apareces con esto!
—No es una maestra de escuela corriente —dijo  Danby—. Puede cocinar, coser, puede... Puede hacerlo exactamente todo. Siempre andas lamentándote que necesitas una criada. Bien, ahora ya la tienes. Y Billy tiene alguien que lo ayude en sus telelecciones.
—¿Cuánto? —Danby se dio cuenta por primera vez de lo afilado que era el rostro de su esposa.
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¿Estás loco? Estuve ahorrando para cambiar nuestro Baby Buick por un nuevo Cadillette y tú lo malgastas en una vieja y estropeada maestra de escuela. ¿Qué sabe de teleeducación? ¡Si está anticuada en cincuenta años!
—¡No quiero que me ayude en mis telelecciones! —gritó Billy, mirando hoscamente hacia la caja—. Mi telemaestro dice que esas viejas maestras de forma humana no servían para nada. ¡Y les pegaban a los niños!
—¡No es verdad! —repuso Danby—. Sé lo que digo porque fui a una verdadera escuela todo el tiempo hasta el octavo grado. —Se volvió hacia Laura—. ¡Funciona bien, no está anticuada y sabe más acerca de la auténtica educación de lo que jamás sabrán tus telemaestros! Puede coser, puede cocinar.
—¡Entonces dile que caliente nuestra cena!
—¡Lo haré!
Introdujo la mano en la caja, bajó el pequeño interruptor del activador y, cuando se abrieron los ojos azules, dijo:
—Venga conmigo, señorita Jones —y la condujo al interior de la cocina.
Quedó sumamente complacido de la forma como ella respondió a sus instrucciones. La cena fue retirada de la mesa en un santiamén y puesta de nuevo en un abrir y cerrar de ojos, caliente, humeante y deliciosa.
Laura se ablandó.
—Bien.
—¡Claro que bien! —exclamó Danby—. Dije que podía cocinar, ¿no es cierto? Ahora ya no tendrás que quejarte de interruptores trabados, de uñas rotas, de...
—Está bien, George. No insistas.
Su rostro había vuelto a la normalidad, si bien aún parecía un poco afilado, pero ello habitualmente formaba parte de su atractivo, al igual que sus oscuros y cariñosos ojos y su boca de forma tan exquisita.
 Acababa de hacerse reforzar los pechos de nuevo y, en verdad, tenía un aspecto formidable con su nuevo negligé oro y escarlata. Puso un dedo bajo la barbilla de ella y la besó.
—Bueno, comamos —dijo.
Por alguna razón se había olvidado de Billy. Desde la mesa, vio a su hijo en el umbral de la puerta, mirando fija y tristemente a la señorita Jones, ocupada en preparar el café.
—¡No me pegará! —afirmó Billy, sosteniendo la mirada de su padre.
Danby rió. Se sentía mejor, ahora que la mitad de la batalla estaba ganada. La otra mitad podía ser atendida más tarde.
—Por supuesto que no va a pegarte —aseguró—. Ahora ven y sírvete la cena como un niño bueno.
—Sí —asintió Laura—, y date prisa. Dan  Romeo y Julieta en «La Hora del Oeste» y no quiero perdérmela.
Billy cedió.
—Bueno, está bien —dijo.
Sin embargo, evitó a la señorita Jones mientras entraba en la cocina y ocupaba su asiento en la mesa.
 
Romeo Montesco lió un cigarrillo con hábiles dedos, lo puso entre sus labios oscurecidos por el sombrero de ala ancha y lo encendió con un fósforo de cocina. Después condujo a su lustroso caballo hacia la ladera iluminada por la luna en dirección al rancho de los Capuletos.
—Me conviene mostrarme prudente —soliloquió—. Los altivos Capuletos, pastores y enemigos hereditarios de mi familia, descendiente de nobles ganaderos, me abatirán de un disparo sin contemplaciones, de presentarse la oportunidad. Pero esa muchacha que encontré esta noche en el calvero bien merece el riesgo.
Danby frunció el entrecejo. Nada tenía en contra de las readaptaciones de los clásicos, pero a su entender, quienes las escribían, se extralimitaban con sus eternos conflictos entre ganaderos y ovejeros. Con todo, Laura y  Billy no parecían hacer el menor caso. Inclinados hacia adelante en sus sillones especiales, miraban fija y extasiadamente la pantalla de 120 pulgadas. Tal vez los especialistas que escribían las obras tenían razón.
Hasta la señorita Jones parecía interesada..., pero eso resultaba imposible, recordó Danby. No podía estar interesada. Nada significaba el hecho que sus ojos azules estuviesen enfocados sobre la pantalla; lo único que hacía realmente era estar sentada allí, consumiendo sus baterías. Debería haber seguido el consejo de Laura y desconectarla.
El caso es que no tuvieron corazón para hacerlo. Era una crueldad privarla de la vida, aun temporalmente.
Danby experimentó una sensación de ridículo. Se movió irritado en su sillón al darse cuenta que había perdido el hilo de la obra. Cuando lo recuperó, Romeo había escalado el muro del rancho Capuleto y, tras deslizarse a través del huerto, se hallaba en un florido jardín.
Julieta Capuleto salió al balcón cruzando un par de antiguas puertas francesas. Llevaba un traje blanco de vaquera —o de ovejera—, con una falda de la longitud del muslo, y un sombrero de ala ancha coronaba sus abundantes y descoloridos cabellos rubios. Se asomó a la baranda del balcón y escrutó el interior del jardín.
—¿Dónde estás, Romeo? —dijo, arrastrando las palabras.
—¡Esto es ridículo! —exclamó bruscamente la señorita Jones—. ¡Las palabras, los trajes, la acción, el lugar..., todo es incorrecto!
Danby quedó atónito. Recordó entonces lo que el dueño del baratillo había dicho acerca de su respuesta a escenas y situaciones tanto como a palabras. En realidad, había entendido que el viejo se refería a las escenas y situaciones inherentes a sus obligaciones como maestra, no  todas las escenas y situaciones.
Una molesta prevención cruzó por la mente de Danby. Advirtió que tanto Laura como Billy se habían apartado de su alimento visual y observaban a la señorita Jones con ojos incrédulos. El momento era crítico.
Se aclaró la garganta.
—La obra no es realmente «incorrecta», señorita Jones —explicó—. Sólo ha sido escrita de nuevo. ¿No lo comprende? Nadie le prestaría atención en su estado original. Sin público, sin patrocinadores, ¿cuál sería su sentido?
—¿Pero tenían que convertirla en un western?
Danby miró con aprensión a su esposa. La incredulidad había sido reemplazada por un furioso resentimiento. Con precipitación se volvió hacia la señorita Jones.
—Los westerns están ahora de moda, señorita Jones —explicó—. Es una especie de renacimiento de los primeros días de la televisión. Como gustan a la gente, los patrocinadores los auspician y los escritores buscan nuevo material para ellos.
—¡Pero vestir a Julieta con traje de vaquera! Está por debajo del nivel de los espectáculos más ínfimos.
—George, ya basta —la voz de Laura era glacial—. Te dije que estaba cincuenta años anticuada. ¡O la desconectas o me voy a dormir!
Danby suspiró y se puso en pie. Se sintió avergonzado al aproximarse a la señorita Jones y buscar a tientas el pequeño botón detrás de su oreja izquierda. Ella le observó con sosiego, con sus manos reposando inmóviles sobre su regazo, su respiración yendo y viniendo rítmicamente a través de sus sintéticas fosas nasales.
Fue como cometer un asesinato. Danby se estremeció mientras regresaba a su sillón.
—¡Tú y tus maestras de escuela! —le reprochó Laura.
—¡Cállate! —cortó Danby.
Miró la pantalla e intentó interesarse por la emisión. No lo consiguió. El siguiente programa presentó una historia policíaca titulada Macbeth. Tampoco le agradó. Echó una mirada subrepticia a la señorita Jones. Su pecho estaba ahora inmóvil, sus ojos cerrados. La estancia parecía horriblemente vacía.
Al final no pudo soportarlo más. Se levantó.
—Voy a dar un paseo en coche —informó a Laura, y salió.


Hizo salir al Baby Buick fuera de la pequeña calzada para coches y se dirigió por la calle suburbana en dirección a la avenida, mientras se preguntaba una y otra vez por qué una antigua maestra de escuela lo había afectado de esta manera. No se trataba simplemente de nostalgia, aunque algo también había en sus sentimientos: nostalgia de septiembre, de la escuela, de la entrada a clases en las mañanas de septiembre, de ver como la maestra salía del pequeño cuarto junto a la pizarra al sonar la campana y decía: «Buenos días, niños. ¿No es un hermoso día para estudiar?»
Pero nunca le gustó la escuela más que a los otros chicos. Septiembre tenía aún importancia para él por algo más que los libros y los sueños de otoño. Era algo que perdió en alguna parte a lo largo de su vida, algo indefinible, intangible, algo que ahora necesitaba con desesperación.
Danby hizo girar el Baby Buick avenida abajo, virando entre los fugaces automóviles. Al dar vuelta para entrar en la calle lateral que conducía a Friendly Fred's, vio un nuevo puesto en la esquina con un gran letrero que rezaba:
 
¡HOT DOGS GIGANTES A LAS BRASAS!
¡Pruebe un auténtico hot dog a la parrilla!
¡Próxima apertura!
 
Pasó de largo y entró en el estacionamiento cercano a Friendly Fred's. Salió del coche hacia la noche estrellada de primavera y se acercó al local. Pese a hallarse atestado, se las arregló para encontrar un compartimiento vacío. Introdujo una moneda de 25 centavos en el distribuidor y marcó una cerveza.
La sorbió pensativamente en su vaso de papel parafinado. El compartimiento estaba mal ventilado y olía a su último ocupante, un bebedor de vino, supuso Danby. Pensó en los viejos tiempos, cuando el aislamiento en los bares era desconocido y había que permanecer mezclado con los restantes clientes con el desagradable resultado que cada uno sabía lo que los demás bebían y el grado de borrachera que alcanzaban. Su pensamiento volvió luego a la señorita Jones.
Una pequeña pantalla de televisión sobre el distribuidor de bebidas anunciaba: ¿Tiene problemas? Sintonice a Friendly Fred, que escuchará sus penas (sólo 25 centavos por tres minutos). Danby deslizó una moneda de un cuarto de dólar en la ranura correspondiente. Se escuchó un chasquido y la moneda repiqueteó en el recipiente de devoluciones, al mismo tiempo que la voz grabada de Friendly Fred decía:
—Ocupado en este momento, compañero. Estaré con usted dentro de un minuto.
Después de un minuto y otra cerveza, Danby efectuó un nuevo intento. Esta vez, la pantalla se iluminó y el rostro de Friendly Fred adquirió progresiva nitidez.
—Hola, George. ¿Cómo va?
—No demasiado mal, Fred. No demasiado mal.
—Podría ser mejor, ¿eh?
Danby hizo un gesto afirmativo con la cabeza:
—Lo adivinó, Fred. Lo adivinó. —Miró al pequeño mostrador con su solitaria cerveza—. Yo... compré una maestra de escuela —confesó.
—¡Una maestra de escuela!
—Admito que es extraño, pero pensé que quizás el niño necesitaría un poco de ayuda en sus lecciones..., los exámenes más difíciles llegarán pronto y ya sabe como se sienten los niños cuando no envían las respuestas correctas y no pueden ganar un premio. Y luego creí..., es una maestra de escuela especial, ¿comprende, Fred?..., pensé que ayudaría a Laura en las faenas de la casa. Cosas como ésas.
Su voz se apagó poco a poco mientras levantaba su vista hacia la pantalla.  Friendly Fred movía su amistoso rostro con solemnidad. Sus carrillos temblaron ligeramente.
—George,  escúcheme. Deshágase de esa maestra. ¿Me oye, George? Deshágase de ella. Esas maestras androides son tan perjudiciales como las auténticas..., las de carne y hueso, quiero decir. ¿Sabe por qué, George? No lo creerá, pero yo lo sé. Acostumbraban pegar a los niños. Es cierto, les pegan... — Se oyó un zumbido y la pantalla se hizo borrosa—. Ha terminado el tiempo, George. ¿Desea el importe de otro cuarto de dólar?
—No, gracias —repuso Danby. Acabó su cerveza y se marchó.
 
¿Odiaban todos realmente a las maestras de escuela? Y si era así, ¿por qué no odiaban todos también a los telemaestros?
Danby consideró esta paradoja durante todo el día siguiente, en el trabajo. Cincuenta años atrás pareció que los maestros androides iban a resolver el problema educativo tan eficazmente como la reducción de tamaño y precio de los automóviles había resuelto el problema económico. Con el cambio de siglo, no obstante, aunque los androides remediaron el déficit de maestros, sólo lograron poner en relieve el otro aspecto del problema, el déficit de escuelas. ¿Para qué servía disponer de suficientes maestros cuando no existía el número de aulas indispensable para la enseñanza? ¿Cómo se hallaría el dinero para construir nuevas escuelas, cuando el país tenía la necesidad constante de más nuevas y mejores autopistas?
Era absurdo decretar que la construcción de escuelas públicas debería tener prioridad sobre la de carreteras ya que, de descuidarse éstas, automáticamente disminuía la tendencia del ciudadano medio a comprar nuevos automóviles, debilitando de este modo la economía y precipitando una depresión. Esto hacía la construcción de nuevas escuelas algo más difícil de lo que era antes.
Aceptado esto, había que descubrirse ante las compañías de cereales. Al introducir los telemaestros y la teleeducación, habían salvado la situación. Un simple maestro en una habitación, con una pizarra a un lado y una pantalla de cine al otro, era capaz de impartir clases a cincuenta millones de alumnos. Si alguno de ellos se sentía molesto por el sistema de enseñanza, no tenía más que cambiar de canal para sintonizar otro de los programas teleeducativos patrocinados por las numerosas compañías de cereales. (Por supuesto, era responsabilidad de los padres del alumno que éste no se saltase las clases o sintonizara el grado siguiente antes de aprobar los exámenes correspondientes.)
Pero la mejor característica de tan ingenioso sistema era el feliz hecho que las compañías de cereales sufragaban todos los gastos, dispensando de este modo al contribuyente de una de sus más onerosas obligaciones y dejando sus bolsillos más preparado para afrontar los impuestos sobre las ventas, impuestos de gasolina, peajes y pagos de automóvil. Y todo lo que las compañías de cereales pedían, a cambio de este admirable servicio público, era que los alumnos —y, preferiblemente, también los padres— consumiesen sus productos.
Por lo tanto, no existía tal paradoja después de todo. Una maestra de escuela era un anatema, porque simbolizaba gasto; una  telemaestra era una respetable servidora pública, porque simbolizaba una gran concentración económica. Aunque la diferencia, Danby la sabía, iba mucho más allá.
El odio hacia las maestras de escuela era en parte atávico a consecuencia de las campañas de propaganda que las compañías de cereales lanzaron al poner su idea en práctica. Eran responsables del mito, ampliamente  difundido, que las maestras androides pegaban a sus alumnos y con frecuencia reactualizado en precisión por si alguien lo dudase aún.
La cuestión radicaba en que la mayor parte de los ciudadanos eran  teleeducados y, por lo tanto, no conocían la verdad. Danby era una excepción. Nació en una pequeña ciudad cuya localización montañosa hizo imposible la recepción de la televisión; antes que su familia emigrase asistió a una verdadera escuela. Por eso sabía que las maestras de escuela no pegaban a sus alumnos.
A menos que Androides Inc. hubiera distribuido por error uno o dos modelos deficientes. Y eso no era probable. Androides Inc. era una sociedad muy eficiente. Crearon excelentes mozos de estación de servicio, sin contar la reconocida calidad de sus taquígrafas, camareras y criadas.
Naturalmente, no estaban al alcance del negociante medio ni del padre de familia tipo... Pero, ¿no constituía todo eso una razón de más por la que Laura debería sentirse satisfecha con una sirvienta eficiente?
Pero no se sentía satisfecha. Cuando Danby llegó a casa aquella noche y la miró al rostro supo, sin asomo de dudas, que no se sentía satisfecha.
Jamás había visto sus mejillas tan contraídas, sus labios tan delgados.
—¿Dónde está la señorita Jones? —preguntó.
—En su caja —respondió Laura—. ¡Y mañana por la mañana la devolverás a quien la compraste y harás que te restituyan nuestros cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡No me pegará otra vez! —gritó Billy, sentado en cuclillas frente a la pantalla del televisor.
Danby palideció.
—¿Le pegó?
—Bueno, no exactamente —dijo Laura.
—¿Lo hizo o no lo hizo? —insistió Danby.
—¡Explícale lo que dijo de mi telemaestra! —gritó Billy.
—Dijo que la maestra de Billy no estaba capacitada para enseñar ni a caballos.
—¡Y cuéntale lo que dijo de Héctor y Aquiles!
—Dijo que era una vergüenza sacar un melodrama de vaqueros e indios de una obra clásica como la Ilíada y llamarlo educación.
La historia salió gradualmente. La señorita Jones mostró, al parecer, una gran inquietud intelectual desde el mismo momento en que Laura la conectó por la mañana. Según la señorita Jones, todo en la casa de Danby era malo, desde los programas de teleeducación que Billy miraba en el pequeño televisor rojo de su habitación, y los programas matutinos y vespertinos que Laura contemplaba en el gran televisor de la sala de estar, hasta el diseño del papel para las paredes del vestíbulo (pequeños cadilletes rojos, retozando a lo largo de entrelazadas cintas de carretera), la ventana en forma de parabrisas de la cocina y la escasez de libros.
—¿Te das cuenta? —dijo Laura—. ¡Cree que aún se editan libros!
—Todo lo que deseo saber —manifestó Danby—, es si le pegó.
—Te lo estoy explicando.
Alrededor de las tres, la señorita Jones quitaba el polvo en el cuarto de Billy, que miraba obedientemente sus lecciones, sentado en su pequeño pupitre, absorto en los esfuerzos de los vaqueros por conquistar el poblado indio de Troya. De repente, la señorita Jones cruzó la habitación como una loca, enunció sacrílegos comentarios acerca de la alteración de la Ilíada, y apagó el aparato justamente en medio de la clase. Entonces fue cuando Billy comenzó a gritar; al irrumpir Laura en la habitación, encontró a la señorita Jones asiendo su brazo con una mano y levantando la otra para dar el golpe.
—Llegué a tiempo —concluyó Laura—. No sabes lo que pudo haber hecho. ¡Pudo haberlo matado!
—Lo dudo —cortó Danby—. ¿Qué sucedió luego?
—Tomé a Billy para apartarlo de ella y le ordené que se retirase a su caja. Después cerré la tapa. ¡Y te juro, George Danby, que permanecerá cerrada! ¡Mañana por la mañana la devolverás, si quieres que Billy y yo continuemos viviendo en esta casa.
 
Danby se sintió mal toda la noche. Apenas probó la cena y languideció durante «La Hora del Oeste», echando vistazos fugaces, cuando Laura no lo miraba, hacia la caja que permanecía silenciosa junto a la puerta. La heroína de «La Hora del Oeste» era una bailarina, una rubia que medía 98-60-95, llamada Antígona. Por lo visto, sus dos hermanos se habían matado el uno al otro en un tiroteo y el sheriff del lugar, un personaje llamado Creón, sólo permitió a uno de ellos un entierro decente en Boot Hill, insistiendo de modo ilógico en que el otro fuese abandonado en el desierto como pasto para buitres. Antígona mantenía otro punto de vista ante su hermana Ismenia; si un hermano merecía una tumba respetable, el otro también. Antígona iba a remediar esta situación. ¿Querría Ismenia ayudarla? Pero Ismenia era cobarde, por lo que Antígona decidió solucionar el problema por sí misma. Luego, un viejo explorador llamado Tiresias se dirigía hacia el pueblo y...
Danby se levantó sin ruido, se deslizó al interior de la cocina, y salió por la puerta de la cocina. Subió al automóvil y condujo hacia la avenida, con todas las ventanillas abiertas y el aire cálido golpeando su rostro.
El puesto de hot dogs de la esquina estaba casi concluido. Le echó una perezosa ojeada mientras giraba por la calle lateral. Había cierto número de compartimientos vacíos en Friendly Fred's y escogió uno al azar. Tomó varias cervezas, de pie en el pequeño mostrador solitario, y pensó durante largo rato. Seguro que su esposa e hijo se habían ido a dormir, volvió a su hogar, abrió la caja de la señorita Jones, y la conectó.
—¿Iba a pegar a Billy esta tarde? —preguntó.
Los ojos azules lo miraron con firmeza, mientras las pestañas temblaban a rítmicos intervalos y las pupilas se ajustaban gradualmente a la lámpara de la sala de estar, que Laura dejó encendida.


—Soy incapaz de golpear a un ser humano, señor. Creo que la cláusula está en mi garantía.
—Me temo que su garantía caducó hace algún tiempo, señorita Jones —repuso Danby. Su voz era espesa y sus palabras se confundían—. Pero no importa. Le tomó del brazo de todas formas, ¿no es cierto?
—Tuve que hacerlo, señor.
Danby frunció el entrecejo. Volvió a la sala de estar, caminando como si sus piernas fuesen de goma.
—Venga y siéntese. Explíquemelo todo, señ... señorita Jones —dijo.
La vio salir desde su caja y cruzar la habitación. Había algo extraño en su modo de andar. Su paso ya no era ligero, su cuerpo ya no parecía delicadamente equilibrado. Con sobresalto, se dio cuenta que cojeaba.
Se sentó en el canapé y se acomodó junto a ella.
—Le pegó patadas, ¿verdad? —inquirió.
—Sí, señor. Tuve que retenerle o hubiera continuado.
Una luz rojiza llenó la estancia. Luego, sutilmente, ésta se disipó ante la naciente comprensión que en sus manos se hallaba el arma psicológica con la cual podría reprimir en lo sucesivo toda objeción a la señorita Jones.
—Lo siento mucho, señorita Jones. Me temo que Billy es demasiado agresivo.
—Lo extraño sería lo contrario, señor. Quedé horrorizada hoy cuando supe que esos horribles programas constituyen todo su alimento educativo. Su telemaestro es poco más que un viajante encargado de vender la particular marca de copos de maíz de su compañía. Comprendo ahora por qué sus escritores han de volver a los clásicos para conseguir ideas. Su facultad creadora fue sofocada por los tópicos, ya desde su etapa embrionaria.
Danby estaba encantado. Jamás había oído a nadie hablar de ese modo hasta entonces. No eran las palabras. Era la manera con que las decía, la convicción que mostraba su voz, pese a tratarse de un altavoz hábilmente construido, conectado a unas cintas magnetofónicas, conectadas a su vez a inimaginablemente intrincados memorizadores.
Sentado allí junto a ella, viendo moverse sus labios, descender sus pestañas, siempre tan suavemente sobre aquellos ojos tan azules, era como si septiembre hubiese entrado a la habitación. De súbito, un sentimiento de paz lo envolvió. Los dulces y suaves días de septiembre desfilaron otra vez ante su mirada, y comprendió porqué eran distintos a los demás días. Eran diferentes porque tenían profundidad, belleza y quietud; porque sus cielos azules contenían promesas de días más dulces y suaves por venir.
Eran diferentes porque tenían significado.
Aquel momento se hacía grato de modo tan intenso que Danby deseó que jamás terminase. El mero hecho de pensar en ello le torturaba con insoportable agonía e, instintivamente, efectuó el único gesto físico a su alcance para prolongarlo.
Pasó un brazo alrededor de los hombros de la señorita Jones.
Ella no se movió. Seguía allí sosegadamente, con su pecho que se alzaba y descendía a intervalos regulares, sus largas pestañas que se movían hacia abajo de vez en cuando como oscuros y apacibles pájaros aleteando sobre azules y límpidas aguas.
—El programa que vimos la noche pasada —dijo Danby—. Romeo y Julieta. ¿Por qué no le gustó?
—Era más bien horrible, señor. Una parodia barata y despreciable, la belleza de los versos corrompida y oscurecida.
—¿Conoce usted los versos?
—Algunos de ellos.
—Dígalos, por favor.
—Sí, señor. Al terminar la escena del balcón, cuando los dos enamorados están despidiéndose, dice Julieta: ¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana. Y contesta Romeo: ¡El sueño more sobre tus ojos, la paz en tu pecho! ¡Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan dulces para descansar! ¿Por qué omitieron eso, señor? ¿Por qué?
—Porque estamos viviendo en un mundo despreciable —dijo Danby, sorprendido ante su súbita percepción—, y en un mundo despreciable las cosas preciosas son inútiles. Dig... diga los versos de nuevo, por favor, señorita Jones.
—¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana.
—Déjeme terminar —Danby se concentró—. El sueño more sobre tus ojos, la paz...
—...en tu pecho...
—Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan...
—...dulces...
—¡...tan dulces para descansar!
Bruscamente la señorita Jones se puso en pie.
—Buenas noches, señora —dijo.
Danby no se molestó en levantarse. No habría servido de nada. De cualquier modo, podía ver bastante bien a Laura desde donde se hallaba. Su mujer, que permanecía en el umbral de la sala de estar con su nuevo pijama «Cadillete» y sus pies desnudos silenciosos en su subrepticio descenso de la escalera. Los automóviles bidimensionales que adornaban el pijama eran de un vivo bermellón y parecían correr sobre su cuerpo yacente, rampando por encima de sus pechos, su vientre y sus piernas.
Vio su afilado rostro y sus fríos y despiadados ojos y supo que serían inútiles las explicaciones, que no comprendería, no podría comprender. Y descubrió con súbita y horrible claridad que en el mundo en que vivía, septiembre estuvo muerto durante décadas, y se vio a sí mismo cargando la caja por la mañana en el Baby Buick y descendiendo las relucientes calles de la ciudad en dirección al pequeño almacén de objetos para pedir al dueño que le devolviese su dinero. Miró a la señorita Jones permaneciendo incongruentemente en la poco acogedora sala de estar y la oyó decir, una y otra vez, como un disco rayado:
—¿Algo está mal, señora? ¿Algo está mal?


Transcurrieron varias semanas antes que Danby se sintiese lo suficientemente bien para volver a Friendly Fred's en busca de una cerveza. Para entonces, Laura había empezado a hablarle otra vez y el mundo, aun cuando no fuera el mismo de antes, recuperó algunos de sus aspectos anteriores. Hizo salir al Baby Buick de la pequeña calzada y se introdujo calle abajo en el multicolor tráfico de la avenida. Era una clara noche de junio y las estrellas aparecían como puntas de alfileres de cristal sobre el fuego fluorescente de la ciudad. El puesto de  hot dogs de la esquina estaba terminado y abierto al público. Varios clientes junto al resplandeciente mostrador cromado miraban como una camarera estaba dando vueltas unos panecillos de Viena sobre una también cromada parrilla. Había algo familiar en el alegre centelleo de su vestido, el modo en que se movía, la forma en que el suave nacimiento de su cabello enmarcaba su dulce rostro. El nuevo propietario se apoyaba sobre el mostrador a cierta distancia, charlando con un cliente.
Había una tensión en el pecho de Danby mientras estacionaba el Baby Buick, salía y se encaminaba a través del batiente de hormigón hacia el mostrador; una tensión en su pecho y un constante latido en sus sienes.
Había llegado a la parte del mostrador donde se hallaba el propietario y, cuando iba a inclinarse para abofetear su presumido y grueso rostro, vio un pequeño letrero de cartón apoyado contra un tarro de mostaza, letrero que decía:

SE NECESITA MOZO.

Un puesto de hot dogs estaba muy lejos de ser un aula de septiembre, y una maestra distribuyendo hot dogs jamás se podría comparar con una maestra dispensadora de sueños. Pero cuando se necesitaba algo con urgencia había que tomarlo sea como fuese y dar, además, las gracias.
—Podría trabajar por las noches —dijo  Danby al propietario—. Es decir, desde las seis hasta las doce.
—Sería estupendo —manifestó el propietario—. Aunque me temo que no podré pagarle mucho al principio. Comprenda, acabo de empezar y...
—No importa —replicó Danby—. ¿Cuando empiezo?
—Cuanto antes mejor.
Danby se acercó hasta donde una parte del mostrador se levantaba sobre ocultos goznes, entró en el interior y se quitó la chaqueta. Si a Laura no le gustaba la idea, podía irse al infierno, pero sabía que no le importaría, porque el dinero adicional que ganase haría realidad el sueño de su mujer, el Cadillete.
Se puso el delantal que le entregó el propietario y se unió a la señorita Jones frente a la parrilla.
—Buenas noches, señorita Jones —dijo.
Ella volvió la cabeza y sus ojos azules parecieron iluminarse y su cabello era como el sol surgiendo en una brumosa mañana de septiembre.
—Buenas noches, señor —respondió, y un aire de septiembre se levantó en la noche de junio y sopló a través del puesto y fue como volver a la escuela otra vez, después de un interminable y vacío verano.

FIN

Nota: Las imágenes pertenecen a The lonely, famoso episodio de la serie La dimensión desconocida donde un hombre se ve obligado a convivir con un robots de aspecto femenino.